Jesús concluye Su ministerio en Galilea
(Mr 9:33-50)
¿Quién es el mayor?
Lecciones sobre la verdadera grandeza.
(Mr 9:33-37)
El tema que nos ocupa ahora es muy importante. Trata de cuestiones tan humanas y que generan tanto conflicto como la preeminencia o el reconocimiento debido en las relaciones, ¿Quien debe estar primero? Y como consecuencia, ¿tengo la atención que merezco? ¿Me están valorando? En este tema, suele ocurrir algo curioso. Generalmente, aquellos que anhelan una determinada posición o reconocimiento, piensan más en el renombre o admiración que les puede conllevar que en el servicio o sacrificio que deben asumir.
Resulta interesante darse cuenta que esta discusión surge entre personas que en su mayoría son humildes pescadores, es decir personas alejadas de los círculos de poder, sin aspiraciones políticas, sin intereses económicos y sociales. Pero eso no importa, ese anhelo de primacía es un deseo latente en nuestra naturaleza caída.
Cuando el relato habla de “ser el mayor” (o el más grande), se usa el término griego megas, grande, pero en superlativo, meizon. De ahí expresiones como “mega puente” “mega edificio” “mega proyecto” etc. Y cuando se dice de “ser el primero” la palabra griega también es conocida, es protos, que se usa en la palabra “protagonista”, el personaje principal.
De estas cosas va la instrucción de Jesús. El Señor nos mostrará la verdadera esencia de la grandeza. En qué consiste tener la preeminencia para sus seguidores. Y como veremos, nada tiene que ver con el mundo.
¿Qué disputabais en el camino?
(Mr 9:33-34) “Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó, ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor.”
Con este “llegó a Capernaum” se da por concluido el viaje privado de Jesús por Cesarea de Filipo y los alrededores de Galilea. La casa suponemos que era la de Pedro, o alguna otra que tenía a su disposición. Por cierto, esta será su última visita a Capernaum. En breve comenzará el camino a Jerusalén.
Y estando en la tranquilidad del hogar, en privado, Jesús hace una pregunta que sin duda les desconcertó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?
Quizás pensaban que la conversación pasó inadvertida para Jesús, como a veces pensamos nosotros de nuestras disputas, de “nuestras cosas”, pero no fue así. Bien por percepción humana, bien por percepción divina, Jesús sabía lo que había pasado en el camino. La vida cristiana es también un peregrinar. ¿De qué cosas hablamos en el camino? ¿En qué disputas andamos? ¿Cómo nos sentiríamos si el Señor nos hiciera la misma pregunta?
Es evidente que ellos sabían que esta discusión no tenía la aprobación del Señor, por eso enmudecieron. Como el niño que es sorprendido haciendo algo indebido. Posiblemente pensaban que puesto que Jesús no quería ocuparse de cosas “tan terrenales” como repartir cargos en el reino que debería inaugurar en Jerusalén, ellos lo harían.
A pesar de que el Señor les estaba instruyendo acerca de la naturaleza de su misión, y les había hablado otra vez sobre su muerte, ellos seguían eludiendo el tema y aferrándose a la idea de una acción política de Jesús.
La enseñanza de Jesús.
(Mr 9:35) “Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.”
Este “se sentó” de Jesús significa que actuó como rabí, como el Maestro. Es una clase magistral, “ex cathedra” diríamos hoy, y hay que tomar buena nota. Por cierto, no será la primera vez que tratará de esta cuestión con ellos (Mr 10:43-44).
Importante entender que el Señor no cuestiona aquí el principio de autoridad, ni que esta tenga rangos. Tampoco el respeto o reconocimiento debido, ni en la vida diaria, ni entre los creyentes o en la iglesia (Ro 13:7); (Ro 12:10); (1ª Tim 5:17); ni siquiera el deseo de prosperar, de querer más (1ª Tim 3:1).
El Señor lo que hará es establecer las bases de lo que es la verdadera grandeza, ¿Cómo se es verdaderamente “el primero”? y esto con independencia de la función o posición que tengas. Porque puedes tener un lugar preeminente, mucho poder y reconocimiento humano, pero estar inflado, ser un miserable, y no tener aprobación divina. El Señor introduce esta enseñanza con esta frase: “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.”
Creo que los dos conceptos que mejor resumen la enseñanza son: humildad y servicio.
1. Humildad, «será el postrero de todos», es decir, que pesar de la posición que tengo, la función que realizo, y la grandeza que conlleva, debes considerar al prójimo como más importante, incluso que a mí mismo.
Incluimos aquí la cita de Rom 12:10 “… en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.” No sé si pillamos el alcance de estas palabras, pero son tremendas. “Preferir en verdad, de corazón a otros creyentes antes que a uno mismo; alegrarse cuando otro alcanza honores mayores que los propios.”1.
2. Servicio, “y el servidor de todos”. La posición o la función no son una oportunidad para buscar reconocimiento, sino para el servicio desinteresado.
Y lo más hermoso es que el ejemplo supremo de humildad y servicio, el que tenemos que imitar, es el propio Jesús (Jn 13: 3-5; 12-15):
«Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.» (Mr 10:45).
“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,” (Filipenses 2:3-5).
Los valores del Reino.
Nunca debemos olvidar que los valores del Reino de Cristo, a donde pertenecemos, son opuestos a los de este mundo, para muchos son un despropósito, una locura.
– La necesidad de negarse a sí mismo (Mr 8:35). Mientras el mundo presente insiste en una constante reafirmación del yo, de colocar a la persona y sus ambiciones en primer lugar, Jesús nos enseña la necesidad de “negarnos a nosotros mismos”. Nada que ver con renunciar a la personalidad, ni ser manipulables, sino de dar muerte al “yo egoísta” para dejar que Cristo y su carácter crezcan en nosotros.
Es algo hermoso y que solo puede explicarse desde la experiencia. Mediante este tipo de negación es que nos realizamos como la persona que Dios quiere que seamos, conoceremos verdadera plenitud y satisfacción (Jn 12:25).
– Mientras el mundo considera a los que se humillan ante Dios una especie de perdedores, como alfombras que pisotear, Jesús afirma que los pobres de espíritu son los bienaventurados, dichosos en gran manera, y los herederos (Mt 5:3).
– Mientras el mundo considera grandes a los ricos, los poderosos, los fuertes, los que obtienen sumisión aún por miedo, para Dios una persona grande es la que sirve desinteresadamente a los demás (Mr 10:42-45).
Por lo tanto, si queremos seguir a Jesús, rompamos con los moldes de este mundo. Aprender, interiorizar, que la grandeza en el Reino de Cristo no consiste en gobernar y recibir honores, sino en servir. No en estar preocupados por el puesto, sino en buscar que el otro ocupe un mejor puesto. No en buscar mi propio provecho, sino el de los demás.
El ejemplo de niño.
(Mr 9:36-37) “Y tomó un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió.”
¿Y por qué un niño para ilustrar este principio de humildad y servicio que debe caracterizar para los seguidores de Cristo?
Porque en la sociedad de aquel entonces, sea la romana o la judía, el niño carecía de relevancia social. En este sentido no se les prestaba atención.
Evidentemente esto no significa que los padres no querían a sus hijos. Habría de todo, como hoy, pero claro que los querían. Se sacrificaban y se esforzaban por ellos 2.. Hemos visto milagros donde lo que hay son niños enfermos y padres que por amor están dispuestos a todo. Pero eso no quita para que socialmente se les considerara insignificantes. Sin estatus social. De hecho, hasta la mayoría de edad se asemejan a los siervos (Gál 4:1). Asociarse con niños era como perder el tiempo, no había reconocimiento ni grandeza en ello.
¿Para qué lo usa el Señor? Para ilustrar el tipo de servicio que verdaderamente nos hace grandes. El servicio desinteresado hecho con humildad y amor; donde lo que cuenta es la persona y lo que representa (Mr 9:42), y no lo que me pueden aportar (Lc 14:12-14).
De esta manera el Señor nos está previniendo contra esa tendencia humana, natural, de mostrar atención sólo hacia aquellos que tienen posición, poder e influencia, que su vez nos pueden aportar y hacernos mejorar. ¿Y qué entonces de los creyentes de condición humilde, de las viudas, de los esclavos, de los extranjeros, de los niños? ¿De los que son tiernos en la fe, de los débiles, los que no han alcanzado mi madurez? Estos son los niños aquí.
Tres cosas me gustaría destacar para ir acercándonos al final de la exposición:
- Por un lado el verbo recibir, del griego decomai (aceptar, acoger, recibir). El verbo implica buena disposición. En este contexto significa: acoger hospitalariamente, dar la bienvenida, buena disposición por la persona y sus circunstancias. ¿Qué grandeza, qué reconocimiento, hay en aquellas cosas que se hacen por obligación o por exhibición?
- La expresión “en mi nombre”. Esta buena disposición que implica el verbo recibir, se hace aún más evidente cuando se dice de hacerlo en el nombre de Jesús, es decir con el amor y la consideración de Cristo mismo.
- “Me recibe a mí;” Y en tercer lugar una pregunta ¿A quién vemos cuando servimos a los hermanos? ¿A fulanito, con todos sus defectos y problemas, o a un hijo de Dios?
Porque “recibir a esa persona es ofrecer nuestro propio servicio al rey mismo. Los que sirven al más débil e insignificante de los seguidores de Jesús están sirviendo a Jesús y por tanto a Aquel que lo envió.”3. Tener esto en perspectiva puede ayudarnos a vencer esa sensación de hastío o incomodidad que muchas veces se apodera de nosotros.
- William R. Newell, Romanos versículo por versículo, Pág. 377. Editorial Portavoz.
- A diferencia de otras culturas, incluyendo la misma Roma, el abandono de niños no estaba generalizado en Israel, tampoco el infanticidio (Salmo 127:3). Ni siquiera cuando nacían con una tara física (Jn 9:1). Otra cosa era la calidad de vida a la que podían aspirar, la cual dependería del contexto socioeconómico familiar.
- Mark L. Strauss, Comentario exegético-práctico del Nuevo Testamento, pág. 434. Editorial Andamio.