EL DIOS “SANGUINARIO” DEL A. T. = CARICATURA OFENSIVA DEL DIOS VERDADERO (II).

 

Bueno o “Malo”, se trata del mismo Dios en ambos Testamentos.

A día de hoy, el Humanismo con su característico antropocentrismo, y el Racionalismo con su confianza plena en la razón humana, se han posicionado sobre la Palabra de Dios,  y parecen ir de la mano en el trato que dan a Las Sagradas Escrituras. Según ellos, las conclusiones que se hayan de extraer de la Biblia tienen que ser asequibles y sin ofensa a la razón humana. La idea es que las mismas, para que sean en razón y dignas del ser humano, deben girar en la órbita del humanismo racionalista. De otra forma sería una cosa inasumible para una mente sana.

Desde ese prisma es que llegan a establecer una diferencia abismal-irreconciliable entre el Dios del A. T. y el Dios que se nos revela a la luz del Evangelio, en la persona de Jesús Nazaret.

Disentir de quienes piensan así y defender los juicios divinos como justos, necesarios para el bien general de la humanidad y para Gloria y alabanza de Dios, es tener que asumir  el riesgo de ser calificado, sin más, de Yihadista.

El argumento es que la fe Yihadista cree, “como” la judeocristiana, que su dios Alá es santo y justo. Y como el Dios de la Biblia en el pasado, ellos, por la misma razón y derecho masacran a los infieles en su nombre. Si nosotros los cristianos calificamos de bárbaro y sanguinario al dios de los musulmanes, habría que reconocer que el Dios del Antiguo Testamento no es menos sanguinario.

Como se ha anticipado, quienes invocan algún argumento para justificar al Dios del A. T., se convierte ipso-facto en un muyahidín, puesto que los argumentos que se emplean para justifica a Jehová son igualmente “válidos” para el dios del Corán, y ambos casos chocan con la razón y los sentimientos humanos.

Así las cosas, por la presión de lo políticamente correcto, y porque no me gustaría ser etiquetado de yihadista o muyahidín, me predispongo a reconocer que las actuaciones de Dios (especialmente en la Historia de Israel), fueron brutales y sanguinarias, cosa que, tanto para los humanistas como para los racionalistas, convierte a Dios en un ser despreciable.

Referí “especialmente” la Historia de Israel porque algunos de los que así piensan, toleran las acciones punitivas y de exterminio obradas directamente por Dios, como el Diluvio, o el juicio de fuego y azufre sobre las cinco ciudades del Valle de Sidim: Sodoma, Gomorra, Zoar, Adma y Zeboim. Dicen que tales juicios exterminadores son admisibles porque no intervino la espada del hombre, sino que fue el obrar expreso de la mano de Dios, y si fue Dios quien así lo hizo, (dicen), bien está.

La conclusión resulta, más que chocante, incoherente para la filosofía que los racionalistas aplican a los demás juicios en los que Dios se sirve del brazo de los hombres para castigar a los malvados, pero en fin, algo es algo.

Pero la verdad, y como veremos seguidamente, NO EXISTE NINGUNA DIFERENCIA entre la imagen que encontramos de Dios en el Antiguo Testamente y la que se nos presenta en el Nuevo Testamento, tanto que si el Dios veterotestamentario pude ser tildado de sanguinario, el Dios novotestamentario también lo sería, o viceversa, el Dios de amor, perdón y misericordia del Nuevo Testamento revelado en la persona de Jesús, sería el mismo Dios de amor, perdón y misericordia del Antiguo Testamento.

Así es que el Dios Creador de Génesis1:1, que todo lo hizo con la mayor exquisitez y excelencia, (pero que no mucho más tarde se “degradaría” al condenar a morir a su rebelde criatura), ese Dios, es el mismo que desde el principio acogía en su seno al Verbo preencarnado, y por consecuencia es el mismo Dios que el Verbo encarnado vino a revelarnos:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.” (Jn 1:1-2) “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.” (Jn. 1:14). “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” (Jn. 1:18).

Para prescindir de esta incontrovertible verdad habría que proceder, como Marción, a eliminar todas las Escrituras que estorben. El heresiarca Marción de Sinope, desechó los Evangelios a excepción del de Lucas, el que a su vez abrevió con muchos recortes.

Este es el hecho, Jesucristo el Señor no es más amoroso que el Dios Padre, ni el Dios Padre es más adversario y severo juzgador del pecado que Jesús. Sin duda todos los escritores del N. T. concuerdan en la continuidad que existe entre Jehová Dios, y el Dios que han conocido a través de Jesús.

Sigue…

 

M. León.