EL “EROS” DE DIOS

 

Un poco atrevido sí que parece nuestro título, pero por favor, no se disparen las alarmas antes de tiempo, pues que semejante título no pretende volver al medioevo para exhumar las alegorizaciones que los místicos de antaño vivieron tan apasionadamente con respecto a Cristo.

El uso excesivo, y por demás peligroso, de imágenes físicas y sexuales que se usaron en los claustros medievales al describir la relación espiritual del alma creyente con Cristo se basó principalmente en una alegorización distorsionada del Cantar de los Cantares, y esto, sin dejar de reconocer que en el lenguaje de algunos pasajes de los Salmos y de los profetas existe una cierta base que “apoya la idea de que tanto la atracción como el deseo espiritual atrae el corazón del creyente hacia Dios…”. (Nuevo Diccionario de Teología, CBP, 1992).

«Dios es Amor»; así es como consta, y, además, por escrito. (1ªJn.4:8,16).

“La palabra ‘amor’ designa, en efecto, gran cantidad de cosas diferentes, carnales o espirituales, pasionales o equilibradas, graves o ligeras, que expansionan o destruyen. Se ama una cosa agradable, a un animal, a un compañero de trabajo, a un amigo, a los padres, a los hijos, a una mujer, a un hombre. La experiencia humana en la Biblia conoce todo eso. Antes de llegar a tal cima de la revelación del NT, [«Dios es Amor»], el hombre debe depurar las concepciones netamente humanas que tiene del amor, para poder asimilara algo del misterio del amor divino, el cual pasa por la cruz”. (X. León - Dufour “Vocabulario de Teología Bíblica” Ed. Herder, 1978).

Fue deliberadamente y a propósito que el Apóstol al escribir la frase, «Dios es Amor», utilizó la palabra ágape, la que luego ha dado pie a los estudiosos para desarrollar toda suerte de tratados que marcan la diferencia que existe entre ágape, y otras palabras que en su uso profano poseen con ella una cierta cercanía o afinidad.

Entre otras: Eros, (amor/deseo, amor posesivo, amor de amantes, de novios, de esposos, o meramente sexo desordenado. Pero a más de eso también incluye el deseo por todo lo que es digno de ser poseído para disfrute y regocijo propio).

Filia, (amor/amistad, amor afectivo, cordial, de camaradería, lealtad que se sacrifica por el amigo, y amor de parentesco).

Storgé, (amor familiar o afecto natural) y entre otros conceptos abarca, efectiva y afectivamente, las demostraciones de cariño entre familiares, cuales la de los padres hacia su descendencia y el de los hijos para con sus progenitores.

Fílautos, (amor antropocéntrico, referido a sí mismo, egoísta, egocéntrico,) etc.

Y ya que son varios los vocablos y tan diferenciados sus matices para expresar y definir el amor, diremos que cuando Juan dice: «Dios es Amor», se ha de entender en su acepción más alta, pura y sublime. Es amor por antonomasia, por excelencia.

Alguien, en base a las palabras del Apóstol, «Dios es Amor», dijo: “Con esta frase queda dicho lo más grandioso que se puede decir del amor y lo más sublime que se puede expresar respecto a Dios.”

Eso, sí, la idea del Apóstol no significa que el concepto, Dios, queda reducido al concepto amor, como entendiéndose que el amor se ha divinizado. «Dios es Amor» es una de las muchas definiciones que se hacen de Dios en las Escrituras, y no una definición del amor. El amor no es Dios, pero Dios sí es amor, y Luz, (1ªJn.1:5; 4:8,16), y aún es otras cosas que la Biblia dice. Ejemplo: «fuego consumidor y purificador», (Hb.12:29; Mal.3:2), etc.

Ahora sí que nos conviene aclarar que, acorde con la idiosincrasia hebrea, (poco acostumbrada a las abstracciones intelectuales de los filósofos griegos), el Apóstol, al tiempo de definir a Dios como amor, no se queda en lo meramente abstracto, por eso es que Juan se apresta a cromatizar y poner carne, (sustancia), a la idea de que «Dios es Amor», con un ejemplo práctico.

Su intento no es meramente darnos una definición del vocablo que está usando, sino el de hacer una presentación de qué es y cómo es ese amor en la práctica; cómo se muestra, en qué consistes y cómo se hace tangible. Así es que, a renglón seguido, escribe:

v.9 «En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo, para que vivamos por Él».

Y dejando a un lado lo especulativo, sigue diciendo:

v.10 «En esto cosiste el amor [...] envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados», para reiterar y enfatizar mediante el demostrativo, “así”.

Veamos: «Amados, si Dios nos ha amado así...», v.11. No en abstracto, sino «así», tan visible y palpablemente como que «Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo, para…».

Efectivamente, Juan, en su definición, no del vocablo, sino del amor propiamente dicho, nos guía a la conclusión de que el Invisible se hace manifiesto por el amor:

v.12a, 14 «Nadie ha visto jamás a Dios. [...] Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, al Salvador del mundo», que semeja a decir: «Porque de tal manera amó [hecho consumado] Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna», Jn.3:16.

Es claro que aun cuando justa y honorificamente a Juan se le ha apodado, “el teólogo”, y se le representa con la figura de un águila, éste, ni bate sus “alas” para alcanzar altos vuelos, no especula dentro de sus conocimientos, ni en la carta se interesa en elucubrar respecto a la esencia de Dios; no van por ahí sus tiros.

Simplemente deriva a una consecuencia eminentemente práctica: El hecho de la Cruz, hecho fehaciente en los anales de la historia, cual un acontecimiento incontrovertible; evento recogido por historiadores y por los Evangelios con todo el rigor científico que le queramos pedir; hecho, (la Cruz), que para Juan evidencia el amor de Dios.

Para llevar la idea del amor a una mejor comprensión, lo más recurrente en teología es contrastar el vocablo, ágape, (amor desprendido, de entrega incondicional), con la palabra eros, (amor posesivo, interesado, que solo busca conseguir su propio deleite).

J. M. Cabodevilla ha resumido este contraste en la frase: Ágape = Amor misericordia; eros = amor miseria”, y continua: “debiéramos ponderar el uso de este recurso y de similares, porque en verdad no hace plena justicia a todo lo que en sí conlleva el vocablo eros”.

En realidad, si eros ama, es por que ha estimado su objeto como deseable y digno de ser poseído y amado. ¿O es que no es hermoso y digno el amor de esposos, sean, jóvenes, maduros, o ancianos, colmándose recíprocamente el uno al otro en toda la dimensión de sus anhelos? De modo que en alguna medida se justifica que eros sea interesado. Eros es así, no es ágape, de otra manera dejaría de ser eros.

Con todo, y por más vueltas que le demos, el amor de Dios sólo podría ser ágape, y el de los hombres, (entre otros), eros; pero sucede que cuando pasamos la “página” que salta del Antiguo al Nuevo Testamento, (la Obra de la Cruz), la revelación divina a progresado al punto de que vemos a Dios dando al “traste” con todos los esquemas con que los teólogos han encorsetado ambos conceptos de amor.

Juan se ha encargado de dejar bien sentado que Dios, mediante la entrega de su Hijo, puso en práctica su ágape. Sustanció en Él la suma total de toda su generosidad:

Rm.8:32 «El que no escatimó [literal, no perdonó] a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?».

Según el adagio español, “Pruebas son amores y no buenas razones”.

Ahora bien, lo que fue el asentamiento temporal del Verbo sobre este Mundo: Jn.1:14 «Y aquel Verbo se hizo carne y habitó, [plantó su tienda], entre nosotros (y vimos…», más la Obra Redentora del todo acabada y perdurable para siempre, hizo que el amor de Dios se sustanciara y se hiciera visible hasta el punto de hacer partícipes a los adoptados por medio de Jesucristo, de la filiación de hijos de Dios. (Cf. Jn.1:12)

Ef.1:5b «…en amor…adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad», la mayoría de las versiones traducen: «según su beneplácito».

El beneplácito divino según el erudito jesuita, José Mª Bover, significa “la benevolencia de Dios que se complace, que goza y disfruta en hacer bien, y con vista a ejecutar ese bien que le nace del corazón, fija amorosamente su mirada en los hombres”. (Nota a pie de pág. Biblia Bover/Cantera, 4ª ed. 1957, p.1532).

W. Hendriksen dice que “se trata de un acto de supremo deleite”. CNT. Efesios, p.85

Trenchard/Wickham dicen que el vocablo (eudokia) “introduce la idea de ‘deseo’ y de ‘deleite’, en la presentación del propósito de Dios, muy de acuerdo con el plan de formar una familia amada según la voluntad de quien es, en sí mismo, Amor. “Epístola a los Efesios”, pp.38-39.

¿Qué ha sucedido? Que la condición filial, antes consagrada sola y exclusivamente al Unigénito Hijo, se ha hecho extensible, (siempre en Él), a todos cuantos le recibieron por fe, a todos cuantos han creído en Él. «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen su nombre, les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios...» (Jn.1:12, ss.).

Consecuentemente esta admisión a la familia de Dios en calidad de hijos, sobre quienes Dios mismo ha hecho fluir su amor hasta inundarnos, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado, (Rm.5:5), y por el cual así mismo «clamamos, Abba Padre», (Rm.8:14-16), nos introduce en su Eudoxia; es decir, nos hace partícipes del amor de complacencia, el beneplácito, deseo y deleite de Dios, que desde la eternidad siempre recayó sobre su Unigénito, (Mt.3:17; 12:18; 17:5) y que ahora, idéntico amor se extiende y alcanza a los creyentes.

Jn.17:26 «Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos» (Cf. v.23)

1ªJn.3:2 «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; [¿más aún?] pero sabemos que cuando Él se manifiestes seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es».

La Escritura atestigua que por Cristo y en Cristo los redimidos hemos sido señalados para que llevemos Su imagen, Rm.8:29.

Consecuencia: Si por Cristo somos hechos nuevas criaturas, 2ªCo.5:15; Ef.2:10; y si cuya nueva creación, conforme a la imagen de quien la creo, se va instalando en el creyente, Col.3:10; y si el Espíritu, día a día, no cesa de trabajar en la modelación de la Imagen de Cristo en los redimidos, 2ªCo.3:18; y porque finalmente seremos semejantes a Él, cuando al fin, y a plena luz, el Cristo Glorioso haga acto de presencia, 1ªJn.3:2; siendo transformados conforme a la Gloria suya, Fil.3:21; y llevaremos su imagen, 1ªCo.15:49.

Si por Cristo y en Cristo seres humanos pueden aparecer ya ante los ojos de Dios conforme a la Imagen de su Hijo, deseables, y aún ser objetos del deleite de su corazón, cabría encontrar aquí una similitud, aunque de manera muy tenue, leve, opaca y lejana, (infinitamente lejana), del eros humano, (en la vertiente más pura y sagrada que eros pueda poseer), con lo que es eudokia, o sea, Cristo y los que son de Él, objetos del Beneplácito Divino.

Pero la realidad del amor divino supera y desborda en todos los sentidos a eros. En verdad, el amor de Dios sigue siendo Ágape, misterio insondable de piedad, piedad a lo divino, (Cristo misterio de Dios), que ha sido manifestado en carne. 1ªTm.3:16.

En su contexto, y a la manera de ágape, el figurado “eros” divino también nos anhela, pero además nos anhela, porque también ese es nuestro bien.

«¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente Stg.4:5.

Considérese que el contexto anterior inmediato, (v.4), habla de la queja de Dios por la infidelidad de los creyentes, acusándoles de «almas adúlteras», como pecado de infidelidad matrimonial.

M. León