UN DIOS A NUESTRA IMAGEN…

O la Condenación de los Réprobos.

 

Foto que Motivó el Presente Trabajo:

Calvino sostuvo, y hasta el presente sus seguidores sostienen, no sólo la predestinación incondicional y positiva de los réprobos al infierno, sino también al pecado; y esto para exaltar la soberanía de Dios que desde la eternidad les condenó porque sí, y sin piedad, en base a un horrible e inapelable decreto suyo. (Conceptos tomados de Instit., libro III, cap. xxi, xxiii, xxiv).

Situémonos ahora en la periferia de una de esas ciudades africanas donde niños esqueléticos, cual desechos humanos, yacen a mercé de buitres que esperan poder iniciar su banquete.

No se concibe que un cristiano se traslade a ese “mundo” con la mira preconcebida de elegir solo unos pocos para salvarles y nutrirles debidamente, y que a la vez también lleve la idea premeditada e inmisericorde de dejar tirados a los demás, abocados todos a morir de tan terrible muerte, aún cuando quien salva a los pocos, posee sobrados recursos para salvar a los muchos, aun elevando su número hasta el infinito.

Pero más inconcebible es que tal abundancia de recursos se malogre, quede inoperante, sin provecho para nada y para nadie, a sabiendas de que por su arbitraria y fatal decisión quedarán agonizando delante de los buitres, y que morirán sin remisión, siendo despedazados y engullidos por semejantes bestias.

¿Puede caber esto en mente humana? Desde luego en mente humana no cabe, pero según Calvino, sí en la mente y el corazón de Dios, respecto a los réprobos, y no solo le cabe, sino que ese fue su propósito inapelable desde la eternidad.

El colmo sería que el “salvador” que salvo a los menos, se complazca ante los sufrimientos de los niñitos discriminados y abandonados arbitrariamente a mercé de los carroñeros.

Que tal acción fuese ejecutada por un cristiano sería el horror de los horrores, la negación de la fe cristiana; la anulación de la esencia del Evangelio y de la verdad del amor de Dios. Tal conducta no sería digna de un ser humano, y menos si éste se preciara de ser cristiano.

Para justificar tal horror se argumenta con la idea de que lo que hizo nuestro personaje, lo hizo sin tener por qué; que fue algo que hizo de más, pues que no estaba obligado a hacer nada, ya que todos eran inmerecedores de su favor.

Quienes postulan las doctrinas calvinistas, justifican el malvado acto con solo decir que los niñitos, (que no pidieron ser creados ni nacer en semejante lugar), padecían lo que merecían porque Dios les creó culpables, cual vasos de ira para tener abundancia de seres humanos sobre los que poder ejecutar sus terribles juicios; es más, se suele decir que de no ser así, Dios no podría sentirse plenamente realizado.

Es por eso que los réprobos nada tienen que decir ni reclamar, (siempre en el concepto calvinista), pues que el soberano Dios, les creo para eso mismo. Es tan repugnante esta proposición, que para dorar la píldora les basta decir que el simple hecho de haber elegido a unos pocos, y salvarles, ya es un gesto inestimable de ‘buena’ voluntad, la que, según Calvino, excede largamente cualquier medida, dado que Dios, cual, si fuera un Ser amoral, no estaba obligado a mover un dedo a favor de los réprobos.

La pretensión de lo que antecede es no más que el intento de presentar una tenue silueta de la realidad de ese supuesto “dios” que, contra natura, se inventó Calvino y que sus adeptos, habiendo absorbido hasta la médula tan horribles doctrinas, a la que firmemente adheridos, se recrean en proclamarle, ufanos, y sin escrúpulos de conciencia.

 

SUBTERFUGIO RECURRENTE

Aparte de las referencias ya hecha a la insondable infinitud divina, (evasiva favorita de Calvino y sus seguidores), se hace necesario abundar un poco más a efecto de completar los argumentos.

Por lo visto en la filosofía calvinista, los que desvarían no son ellos con sus inadmisibles desatinos, sino aquellos que osan plantarles cara y se atreven a escribir abiertamente contra sus razonamientos. Estos (los que les denuncian), son tildados de “perros” que crujen sus dientes al oír de sus doctrinas y decretos, diciendo que, con sus ladridos tratan de impedir que Dios se realice como Dios, y que cual Dios, ejerza de Dios soberanamente, colgándoles la etiqueta de soberbios, pues que no temen juzgar a Dios desde una mente finita, perversa y entenebrecida, incapaz de penetrar el misterio que con tan tupido velo Dios esconde celosamente.

Ese es el subterfugio maniqueo que el calvinismo emplea para tener libertad de llamar bueno a su horrible decreto y decir que así es el obrar incomprensible de Dios, en quien, en definitiva y por necesidad, lo que es malo a nuestros ojos, en Dios, forzosamente, debe ser bueno, ya que Dios es Bueno por naturaleza; aunque el calvinismo, en palabras de Calvino, reconoce lo horrendo que es el citado decreto, pero que de forma artificiosa tratan de dorar la píldora diciendo que los malos entendidos se deben a la distorsión que en sí mismos generan quienes no comulgan con sus presupuestos y se atreven a contradecirles. Ahí radica, según ellos, la supuesta apariencia de maldad contenida en el terrible decreto que Calvino le endosó a Dios.

Pero si nos atenemos a los criterios del Señor, tendremos una justa y equilibrada conclusión al respecto:

Dijo Jesús: «¿Qué hombre hay de vosotros, que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿CUÁNTO MÁS vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» Mt.7:9-11. (Cf. Lc.11:11 y 35)

Visto con sencillez y libre de condicionantes teológicos, el Señor aplica la simple lógica, la que cualquiera aplicaría, a su razonamiento. Dice que a pesar de la condición caída del hombre, «siendo malos», el afecto natural del ser humano, cual agente moral, es capaz de pensar y ejecutar cosas buenas, ¡¡Cuánto más Dios que es esencialmente Bueno!! La conclusión es que las cosas buenas de Dios equivalen en este contexto a las cosas buenas de los hombres, pero en su grado más sublime y excelso.

Por eso, e incomprensiblemente, ese «¿Cuanto más…», que abarca hasta el infinito, en la distorsión doctrinal de Calvino sucede que en Dios equivalga a dar escorpiones, piedras y serpientes a sus criaturas, lo que semeja al acto de negar su gracia para salvar a la inmensa mayoría. Eso sí es pervertir las Escrituras.

Otra observación sería: ¿Con qué criterio se ha de interpretar el ¡Ay! con el que se lamenta el profeta Isaías?

«¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen  de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!» Is.5:20

Se dirá que, efectivamente, en el ser humano tales cosas son condenables, pero en Dios están justificadas en virtud de la oscuridad en que está envuelto el impresentable misterio.

El alegato defensivo que hacen al respecto es que tamaña contradicción en el proceder de Dios solo es aparente; con eso se siente autorizado para cargar todo error y confusión al entendimiento finito del hombre, incapaz de bucear en los arcanos del Ser divino. Al parecer solo Calvino tenía esa eficiente capacidad definitoria y definitiva.

¿Pero quién va a negar que en verdad somos seres finitos afectados por la caída, y negar que los caminos de Dios sobrepasan nuestro entendimiento? ¿Habrá alguna confesión cristiana que no asuma y postule esa verdad como uno de sus artículos de fe?

Lo que no es de recibo es atribuir a Dios nuestros despropósitos, recurriendo de continuo al carácter infinito de Dios, solo para evadir el conflicto, y justificar sus injustificables desvaríos teológicos-doctrinales, los cuales les dejan sin argumento y frecuentemente abocados a un callejón sin salida. Para salir de sus propios enredos es para lo que les viene muy bien su particular invento del decreto impenetrable.

El querer de Dios [dice Calvino] nos resulta incomprensible; pero conocemos su justicia: odia toda iniquidad. Confieso que se debe a la voluntad de Dios el que todos los hijos de Adán hayan caído en este miserable estado y condición en que al presente se encuentran. Y es que, como al principio decía, [y repetirá una y otra vez] es necesario en definitiva VOLVER SIEMPRE al decreto de la voluntad divina, cuya causa está en Él escondida. Pero de aquí no se sigue que los hombres deban discutir con Dios; pues con san Pablo les salimos al paso diciendo: «Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” “INSTITUCIÓN de la Religión Cristiana”, T. II, pág. 750.

Por supuesto, jamás osaría altercar con Dios, pero con Calvino y sus adeptos, cuantas veces sean necesarias. Mi concepto de Calvino es que él no es Dios, ni su palabra está inspirada por Dios. Si él creyó serlo o sus seguidores lo creen, allá ellos. Mi Dios es el que la Biblia nos revela.

De modo que Calvino hace responsable a Dios de todas las miserias y desgracias en que la descendencia de Adán está inmersa, y a la vez quiere que creamos que tan reprobable proceder en Dios, es excelso, inefable, sublime, e infinitamente bueno. Dios sí que es todas esas cosas, pero no así las doctrinas calvinistas.

 

ALQUIMIA DE CALVINO

Para poder convertir en bueno, el horrible y mal afamado decreto divino respecto a la condenación anticipada de los réprobos que Calvino elaboró, éste nos propone en forma sencilla la clave de cómo funciona su alquimia. Digamos que consiste en una especie de silogismo:

1ª Premisa: Sabemos que Dios es Bueno. Sal.119:68

2ª Premisa: Su justicia es evidente. Sal.92:15; Dn.9:7

Conclusión: Un Dios bueno y justo no puede obrar inicuamente. Dt.32:4-5

No se puede negar que el silogismo es correcto, pero sí se puede negar la conclusión a la que arriba Calvino. Éste dice que el aspecto horrendo del decreto “divino” solo está en la mente finita y perversa del hombre, pues que siendo Dios como es, bueno y justo, no cabe iniquidad en Él. Consecuencia: Al hombre le queda grande el Ser de Dios, para que pueda alcanzar a entenderle. ¡Ya está! Con eso resuelven el asunto. ¡Sí! Pero solo en el esquema calvinista, porque en el esquema bíblico, moral y espiritual el tema permanece sangrante.

Pero por favor… ¿a qué y con quienes se quiere jugar? Por supuesto que Dios es santo, justo y bueno, que ni mancha, iniquidad o injustica hay en Él. Si acaso, la culpa de tan enojoso e inconcebible asunto debe estar en quien elaboró y le asignó tan horrendo decreto.

Volviendo a la ilustración del comienzo, cualquier persona, no importa su raza ni la fe que profese, solo por pura humanidad, se siente moralmente obligada a hacer todo lo posible para salvar a cuantos más niños, mejor. Y si pudiendo, no lo hace, se le tildará, con justicia, de impío y canalla deshumanizado. Pero en Calvino tales conceptos canallescos, dejan de ser así cuando se les aplican a Dios, al punto de decir que la misma cruel acción, plasmada en “el decreto”, en el caso de Dios pasa a ser cosa, sacra, santa, pura, justa loable y buena, nunca canallesca o impía. ¿Que por qué? Porque lo dice Calvino.

Otra cosa sería que tras el intento serio y comprometido de salvar por todos los medios posibles a los que se pierden, estos, con plena lucidez y con todas sus facultades sanas, decidan, libremente y desde su obstinación, resistirse y perderse por propia voluntad. Este es el caso real de los muchos que irán por “el camino ancho” directamente al “Lago de Fuego y Azufre”. Mt.25:41.

Rm.2:5 «Pero por tu dureza [no dureza impuesta, sino la suya propia] y [generada] por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios».

 

Manuel Leon