Debemos cuidarnos de la presuposición totalmente carente de garantía que subyace bajo mucho de lo que se ha dicho hasta este punto, de que los actos del Señor están fijados en el almanaque humano, que sus propósitos son medibles por calendarios humanos. No es el tictac del reloj, sino la madurez de las condiciones lo que mueve la mano de Dios. Debemos resistir la tendencia a pensar de Él, como si estuviera limitado por una actividad meramente mecánica; como si, cual monarca medopersa, fuera esclavo de sus propias leyes. (Dn. 6:14-15). 

El estado de la cosecha prescribe el tiempo de la siega. Él esperó a que la iniquidad de los amorreos llegara al máximo (Gn. 15:10). Nínive se arrepintió, así que el día cuarenta no vio la destrucción de la ciudad, aunque eso fue lo que proclamó Jonás por orden de Dios. Por causa de los elegidos, los días de la calamidad son acortados, en tanto que la misericordia de Dios alarga el día de la salvación. Sin embargo, estos días no son dos, sino uno (Mt. 24:22; 2Pd 3:9). La misma paciencia de Dios que recaba del santo el clamor «Oh señor, ¿hasta cuándo?» pone los nuevos cantos de alabanza por la salvación en la boca de muchos pecadores.

Es difícil, más bien imposible, para nosotros conocer el ejercicio pleno y, sin embargo, armonioso de todos los atributos de Dios. Para nosotros parece que hay algún antagonismo necesario entre la omnisciencia, que debe saber el fin desde el principio, así como también todos los pasos del camino de aquí hasta allá, y la dependencia de cualquier acción de Dios en cuanto al curso y conducta de los hombres. Así que también debemos preguntar cómo es posible que se resista a Dios si es omnipotente. Debemos recordar las limitaciones inevitables de nuestro poder para captar lo que es ser Dios. Dios es omnisciente y omnipotente; no podemos concebirle como algo menos. Pero Dios también es una persona viva y libre, y es prerrogativa de todas las personas vivas y libres adaptarse a las condiciones cambiantes con las cuales tienen que lidiar. ¿Vamos a negarle a él aquello que reclamamos para nosotros mismos? Es vano que razonemos que Dios no puede ser esto si es lo de más allá, que no puede ser lo uno si es lo otro, cuando las mismas condiciones de nuestra constitución hace inevitable que le adscribamos aquello que, debido a una notoria incongruencia o antagonismo, sería inconcebible en nosotros. Es más, la venida del Señor es un tema apropiado para la oración. El Señor les enseñó a sus discípulos a decir «Venga tu reino».1 A Juan le dijo: «He aquí yo vengo pronto»; y allí Juan respondió: «Amén; ven, Señor Jesús». «Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven» (Mt. 6:10; Ap. 22:17, 20). De este modo el Espíritu impulsa al creyente, e incluso exclama él mismo, la misma petición que el Señor Jesús les enseñó a sus discípulos a presentar ante Dios. Y si la venida del Señor es un tema apropiado para la oración, no es posible que concibamos que esa hora ya se ha fijado. Hay que notar, también, que cuando el Señor declaró que esa hora no estaba dentro de su conocimiento, habló, no como si aunque hubiera sido fijada por el Padre no le fue revelada a él, sino expresando que el Padre ha reservado este asunto dentro de su propia autoridad. ¿No sugiere esto, por lo menos, que fijar la hora le pertenece al Padre cuando, en su sabiduría, considere que el tiempo es preciso?

Nuestra comprensión de la perfección de la deidad es débil todavía. Nuestro conocimiento de Dios no es sino parcial y, como tal, puede presentar problemas insolubles a nuestra mente. Debemos contentarnos con esperar la capacidad mayor y el conocimiento aumentado que tendremos cuando venga el Señor.



* Comentario Temático PROFECÍA Págs. 188-190 Ed. Grupo Nelson.

1. Esta palabra, “venir”, a veces se toma con el significado de “crecer, “aumentar”, “extender”, como si el reino fuera a ser establecido por la predicación del evangelio. El reino de Dios viene cuando su Rey viene; no antes ni de otra manera. La piedra del sueño de Nabucodonor solo empezó a crecer después de haber destruido la estatua (Dn 2:35). Correctamente entendida, la oración es de lo más apropiada al tiempo ahora presente y al corazón y labios del creyente. Orar “venga tu reino” es orar “Amén; ver, Señor Jesús”. Orar por la venida del Rey es orar por la venida del reino.