Palabras al cansado

Equipamiento y Mensaje del Siervo de Jehová

«Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios» Is.50:4

 

 

En primer lugar notar el temor reverencial del Siervo, dice: Jehová el Señor. El artículo “el” lo identifica como el Señor y el Amo por antonomasia.

Cansados de la vida.

Desde que el mundo comenzó su singladura, el ser humano, separado de Dios a causa de su condición pecadora, viene experimentando frustración, desesperanza, aburrimiento, desengaño, hastío, desespero, por eso es que muchos se sienten hartos y cansados de la vida. Pablo lo resume con la frase: «sin esperanza y sin Dios en el mundo», (Ef.2:12). 

Esta es una verdad que nadie nos la tiene que contar, cada día la vemos. Y aún más, todos, en algún momento lo hemos sufrido en nuestras carnes.

Aunque podríamos enumerar varias clases de cansancio. Solo citaré el cansancio físico, y el cansancio mental.

El cansancio físico.

En cuanto al cansancio físico podríamos citar las fatigas de los mineros en el fondo de la mina; la del labrador apretando el arado tras los bueyes para sacar surcos rectos y profundos. O al pescador que lidia con los aparejos y las olas noche y día, por semanas y meses en alta mar, para en ocasiones ver que las redes salen rotas, o se perdieron, o traen pocos peces, e incluso pueden salir vacías.

Igual en el caso del labrador que tiene una mala cosecha, o la pierde total, y con ella toda su inversión de tiempo, dinero, y duro trabajo bajo las inclemencias del tiempo.

El cansancio mental y emocional

Igualmente podríamos hablar del cansancio mental y emocional, cuando el pesimismo y los miedos se apoderan de la persona, que lo ve todo negro, en signo negativo, incapaz de generar un pensamiento positivo, y la misma vida le es tediosa, y terriblemente agotadora.

Una combinación de ambos, cansancio físico y mental, lo tenemos en el agotamiento de una madre que, con escasos recurso, tiene que cuidar y sacar adelante cinco hijos, uno de ellos enfermo, al que tiene que dedicar largas horas de la noche sin poder pegar ojo.

¿Imaginamos las cargas y las tensiones extenuante que deben generar en esa madre sus muchas preocupaciones, y a qué grado de agotamiento mental y físico tiene que llegar?

Vanidad y aflicción de espíritu.

El mismo Salomón, a pesar de su sabiduría y de todos sus recursos, fracasó cuando se dispuso a encontrar la felicidad en el placer de las cosas que existen en el mundo. Como él dice: Las cosas que hay «bajo el Sol».

De igual manera, también quiso examinar, punto por punto, todo cuanto los hombres, (pobres, ricos, sabios e ignorantes, necios e inteligentes, débiles, fuertes, potentados y subordinados) hacen bajo el sol con el fin de ser felices.

¿Cuál fue la conclusión de Salomón? Descubrió que la vida bajo el Sol, (ajena e independiente de Dios), es sin provecho. Solo genera vacuidad, frustración, y aflicción de espíritu. Cf. Ecl.2:3, 8, 10-11.

De ahí la cantinela, (el estribillo) con que el predicador concluye cada fase de sus experimentos, diciendo: «esto también es vanidad y aflicción de espíritu

“Y yo os haré descansar”.

Pero la novedad del Evangelio está en la gran solicitud que Dios tiene por ayudar a los cansados a salir de ese pozo. Es en este punto que las Palabras de Jesús suena como una musiquilla celestial, en los oídos de aquellos que en verdad se sienten trabajados y cargados «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» (Mt.11:28). 

Es notable, y hemos de decirlo en voz alta, que Jesús se dirige a «todos los cansados», sin distingos, y nos equivocamos cuando al leer, o escuchar estas palabras la aplicamos solo a los pecadores.

Ciertamente el pecado es una muy terrible carga, pero aquí, la Escritura tampoco distingue entre las diversas cargas que pueden agobiar a las personas.

Por supuesto que la carga de referencia puede ser el pecado, pero no exclusivamente. Ya hemos visto el terrible peso, (física y emocional) que supone sacar adelante una familia, y eso no es ningún pecado, pero sí una terrible carga.

¿Qué quiero decir? Pues que Dios también tiene preocupación por el cansancio y los agobios de sus hijos, es decir, de nosotros, del gemido de sus siervos perseguidos, y otras veces, maltratados por el mismo rebaño al que cuida, y también por la envidia de sus mismos colegas.

Las palabras de Dios al cansado.

Es a partir de esta última consideración que comencé a ver cierta luz en el texto que me ayudó a darle un nuevo enfoque. Notemos las palabras con que se expresa el Mesías:

Is.50:4 «Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios».

Reconoce que el don le fue dado por Dios: «el Señor me dio lengua de sabios.» Nótese, además, que no dice que el don le fuera dado meramente, «para hablar palabras al cansado»

Es que el cansado no necesita palabras huecas. Ese tipo de palabras también cansan, y a veces, irritan al oyente. Ejemplo, el caso de Job. 

Job 2:11-13 «Y tres amigos de Job, Elifaz temanita, Bildad suhita, y Zofar naamatita, luego que oyeron todo este mal que le había sobrevenido, vinieron cada uno de su lugar; porque habían convenido en venir juntos para condolerse de él y para consolarle. Los cuales, alzando los ojos desde lejos, no lo conocieron, y lloraron a gritos; y cada uno de ellos rasgó su manto, y los tres esparcieron polvo sobre sus cabezas hacia el cielo. Así se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande.» Los hay pedantes, que de entrada empiezan, bla, bla, bla

Aquellos hombres, desde que empezó el florilegio de sus discursos teológicos, no hicieron sino irritar y agravar más y más el dolor de Job. Iban de sabios, pero desenfocados. Así que, con la grandilocuencia de sus discursos, no hicieron sino hundirle más y más en su miseria y desesperación. Ese es un peligro latente que está ahí.

Volviendo al texto, se ve que al Siervo de Jehová se le dio «lengua de sabios, [no para hablar tras el púlpito durante 40 minutos cualquier cosa y, de cualquier manera, sino] para saber hablar palabras al cansado…»

Propiamente dicho, el desempeño del ministerio de la Palabra no es para lucimiento sino para sanar. El que ministra la Palabra, debe ajustarse a lo que dice Pedro.

Veamos, 1Pd.4:11 «Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén

No para gloria del que predica, sino para Gloria de Dios, y edificación, exhortación y consolación de la grey de Dios. Pero conste que tal servicio no lo puede ejercer cualquiera, con cualquier cosa, o, de cualquier manera, sino aplicando la palabra recibida en el secreto de Dios, mediante el poder que Dios suministra.

Dios no solo conoce cuán grande multitud de personas cansadas hay en el mundo, sino también cuan delicado es su estado anímico, y con cuanto tacto y pericia debe tratarse. 

Capacitando a Su Siervo.

Así es que Dios equipó adecuadamente a su Siervo para el desempeño eficiente de su ministerio entre personas cansadas, al borde del abatimiento. (Mt.11:28)

Jehová el Señor dotó a su Siervo, el Mesías prometido, con lengua de sabios, es decir, con la capacidad de comunicar con acierto y efectividad el mensaje que le había sido dado. Palabras que dieran orientación, consuelo, estímulo, y que levantaran el ánimo de los cansados.

El siervo de Dios, como los médicos, debe ser cauto, debe acertar en el diagnóstico, debe discernir el estado del “paciente” y aplicarle la palabra oportuna.

Pr.15:23; «El hombre se alegra con la respuesta de su boca; Y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!»

Pr.25:11 «Manzana de oro con figuras de plata Es la palabra dicha como conviene.»

Pro 25:15 «Con larga paciencia se aplaca el príncipe, Y la lengua blanda quebranta los huesos

Ec.12:10-11 «Y cuanto más sabio fue el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios. Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad.»

Digamos que el Mesías, el Ungido de Dios, que recibió el Espíritu sin medida, que era el Hijo de Dios, no tenía derecho a saltarse las normas (ni se la saltó, claro está), sino que, para ser dotado y equipado con lengua de sabios, (su lengua englobó la suma de la sabiduría de todos los verdaderamente sabios. Sabios en plural), tuvo que ajustarse a la disciplina establecida.

En este contexto, el concepto, “sabio”, es el de aquel que sabe oír a Dios, de aquel que retiene la Palabra recibida, que primero se la aplica así, y la obedece.

Dios discipula a sus siervos, y nuestro Señor aun habiendo demostrado ser el Maestro por excelencia, que creció en estatura, sabiduría y en gracia para con Dios y los hombres, no por eso dejó de ir, diaria y puntualmente a la misma presencia de Dios, para ser discipulado (entrar en su secreto, y en esa intimidad, oír la enseñanza y la consigna que Dios le daba para ese día).

Jn.8:28 «Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo.»

v.40 «Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios»

Mr.1:35 «Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba Cf. Mr.6:46; Sal.5:3; Lc.6:12.

Dios discipula a su siervo.

Así también nosotros, cada mañana debiéramos ir a la presencia de Dios, y que Él despierte nuestro oído y aprendamos cómo ayudar, desde la plataforma, a los cansados en la asamblea, a los hermanos personalmente, y a los hombres en general, con la debida eficiencia y ternura.

En la cuestión referida al ministerio de la Palabra, las escuelas rabínicas habían fracasado. Los discursos de los escriba y fariseos eran reciclado, sí, elaborados de trozos de cartones, plásticos y hojalata. Los parcheaban a base de citar sentencias del rabí tal y el rabí cual. Así, sus mensajes resultaban vacuos de contenido y sin sustancia, no tenían vida.

El pueblo se admiraba de Jesús porque les hablaba con propiedad, y eso infundía al mensaje, autoridad.

Mr.1:22 «Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas

«Creí por lo cual también hablé» Esta es la única manera de poder hablar con autoridad, pues si el que predica no se cree sus propias palabras, (y eso se trasluce) ¿Cómo le van a creer u obedecer? Cf. 2Co.4:13; Sal.116:10.

 

Manuel Leon