EL PELIGRO DEL ADORMECIMIENTO ESPIRITUAL

Estrategia de guerra

 

 

Adormecimiento Espiritual¿Quiénes eran los zulúes? Puede que a algunos les suene. Fueron los protagonistas de dos películas: “Zulú” (1964) y “Amanecer Zulu” (1979). Hablamos de un conjunto de tribus que vivían al sureste del continente africano, y que en el Siglo XIX constituyeron un gran reino. Estaban enfrentados tanto con los granjeros holandeses, instalados en la zona desde el Siglo XVII (Boeres), como con los británicos. El rey Shaka (1818-1828), quien inauguró este imperio, tuvo un ejercito de 50.000 guerreros y el rey Cetewayo (1872-1879), el último de sus grandes reyes, llegó a los 40.000. 

Los zulúes de mediados del siglo XIX tenían una costumbre, atacaban a sus enemigos una hora antes del amanecer. ¿Saben por qué? Por dos razones, primero aprovechar las sombras de la noche, y segundo porque era el momento cuando más cansados (o dormidos) estaban los centinelas. La historia cuenta que sus ataques solían terminar en victoria. 

El peligro del adormecimiento espiritual.

Esta anécdota trajo a mi mente un relato bíblico ¿Recuerdas alguno donde se mencione el quedarse dormido en un momento trascendental? Efectivamente, los discípulos en el huerto de Getsemaní. (Marcos 14:32-42). 

(Mr 14:33-34,37) “Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad… Vino luego, y los halló durmiendo.” 

“Vino luego, y los halló durmiendo.” (Mr 14:37) Pero antes de valorar este detalle abrimos un paréntesis para fijarnos por un momento en el sufrimiento de Jesús durante aquella noche. Un relato que por su intensidad y profundidad nos sobrepasa. 

1. La angustia de Jesús.

Una pregunta: ¿Por qué el todopoderoso Hijo de Dios, que había hecho tantos milagros, está tan triste y angustiado? ¿Por qué se aparta de sus discípulos y ora al Padre con gran clamor ¡hasta tres veces!? ¿Le asustaba la muerte? 

La muerte física iba a ser terrible, pero eso no le agobiaba. El verdadero peso que abrumaba su corazón era el peso del pecado del mundo. La justa ira de Dios por la maldad que sería derramada sobre Él en la cruz (Is 53:4-6) (2ª Co 5:21). El Señor está anticipando la magnitud y el horror del sufrimiento espiritual por el pecado que iba a soportar (Lc 22:44). Por un momento habría de experimentar sobre sí la soledad del “abandono divino” en toda su crudeza (Mr 15:34). 

Una inmensidad, la de su dolor, que nunca podrá ser imaginada por ningún corazón humano. Solo lo puede entender Dios. Nuestros sufrimientos, por muy intensos que sean, no son nada en comparación con lo que él sufrió en la Cruz. La próxima vez que seamos tentados a la desobediencia, a menospreciar el carácter y la voluntad de Dios, recordemos el terrible sufrimiento y el precio, impagable para el hombre, que costó nuestra Salvación. Un sufrimiento que nos abrió la puerta de la Esperanza (Jn 14:1-2). 

2. La debilidad del creyente.

El caso es que a pesar del ruego del Señor y de lo importante del momento, ¡Se durmieron hasta tres veces! (14:40). “¡Que vergüenza!” diríamos nosotros, “¡Menuda bronca les espera!”, pero Jesús, lejos de expresar enfado, aprovecha la experiencia para una gran enseñanza: 

(Mr 14:38) “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

Este relato pone en evidencia la doble debilidad del creyente, no somos superhéroes. Somos frágiles tanto física como espiritualmente:

De lo primero da testimonio la frase “porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño” (14:40) ¿Cuántas veces el cansancio, el sueño, o los límites físicos del cuerpo nos ha dejado en evidencia en el momento más inoportuno? No es un fracaso reconocer que tenemos límites. Otra cosa es la negligencia, el descuido o la pereza.  Pero ¿Qué hacer con esta fragilidad? Ponerla en las manos del Señor (Ro 12:1). En vez de desanimarnos ante nuestras muchas limitaciones, dejemos que sea Él quien sostenga también nuestros cuerpos en su servicio  (Is 40:28-31).

De lo segundo, de nuestra debilidad espiritual, hablan las palabras de Jesús: “el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (14:38). La condición humana es incapaz de hacer lo que el espíritu desea (Ro 7:14-25) (Ro 8:7-8). Las buenas intenciones no son suficientes para la vida cristiana. En el poder de la carne, todo hombre es un fracaso total. 

Enfrentando la “fragilidad espiritual”.

“… para que no entréis en tentación.” ¿Cómo tener victoria en esta lucha que enfrenta nuestra humana debilidad con el deseo de hacer la voluntad de Dios? Posteriormente, a través de sus cartas, el Apostol Pablo profundizará en esta lucha constante entre nuestra naturaleza caída y el espíritu, y el camino para andar en victoria (Ro 6:6). Pero ahora el Señor anticipa dos claves que siempre deben estar presentes: 

1. “Velad”. Un termino que nos invita a estar alerta. La vida es hermosa, es un don de Dios, y el mundo que Dios creó también. Gracias a Dios por los momentos que nos da para disfrutarlos. Pero no olvidemos que también vivimos en un conflicto espiritual, y no podemos permitirnos el lujo de adormecernos espiritualmente. Y en esto, les aseguro, no hay edad ni descanso:

- Algunos pensarían que el momento más peligroso es la juventud. La vitalidad exuberante, el vigor, actúa como un poderoso analgésico que provoca un adormecimiento espiritual: “No es tan importante,” “hay tiempo para esas cosas,” “todo está bien, yo puedo”… Superada esta etapa el riesgo disminuye. Eso es un error.

- Algunos suponen que la “mediana edad”, un tiempo de mayor madurez, es menos propenso al “adormecimiento” espiritual. Equivocados. Es cuando más preocupados estamos por el trabajo, escalar posiciones, los compromisos económicos, los hijos… no hay tiempo para ocuparse de lo espiritual. Tendemos a “vivir con lo mínimo”. 

- ¿Y qué de lo que llamamos “tercera edad”?, cuando parece que lo hemos vivido todo. Nos creemos sabios, juiciosos, incluso inmunes a los dardos “aturdidores” del enemigo. Tristemente son muchos los que bajan la guardia y fracasan espiritualmente en este momento trascendental de la vida.

En realidad, siempre estamos expuestos a la fragilidad y debilidad espiritual. Es una exhortación constante (1ª Co 15:34) (1ª Co 16:13) (1ª Tes 5:6) (1ª Ped 5:8) (Ap 3:2). Pero la instrucción del Señor no es solo a velar. También añade:

2. “Y orar”. La oración no es un juego, tampoco un relleno en la vida espiritual. Doblar el corazón delante de Dios implica reconocer nuestra debilidad. Orar es expresar nuestra dependencia y buscar su rostro. Orar nos lleva a buscar sus recursos y armas en esta lucha. Orar nos fortalece en la batalla. Un ejercicio espiritual al que nuestro cuerpo físico y nuestra naturaleza caída se resisten. Pero que no nos quede duda, lo uno sin lo otro conducen al fracaso. De lo contrario el Señor no hubiese insistido en ello (Ef 6:18) (Col 4:2) (1 Ts 5:17) (1ª Ped 4:7). Para terminar, un último pensamiento, adaptación de un precioso devocional que leía recientemente:

“No se dormirá el que te guarda” 

Para terminar, un último pensamiento, adaptación de un precioso devocional que leía recientemente y que toma como base el Salmo 121.

“No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda; He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. (Salmo 121:3-4). “Jehová te guardará de todo mal, él guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre.” (Salmo 121:7 y 8).

El Apóstol Pedro escribió: "Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar;" (1ª Pd 5:8). Tenemos un enemigo que no duerme. Siempre buscando la oportunidad para dañar. El mundo, con sus tentaciones, tampoco descansa. La adversidad, los contratiempos, la enfermedad, la tragedia, aparecen sin avisar. Son muchas las ocasiones en las que nos sentimos superados, próximos a desfallecer.

Pero que tranquilidad saber que por encima de nuestras debilidades y de nuestros enemigos, tenemos un Dios: 

1. Que nunca se duerme, que nunca se distrae, que nunca está demasiado ocupado, que nunca se olvida de nosotros. 2. Nuestro guardador nunca está de vacaciones, tampoco libra los festivos, ni los domingos. Él siempre está atento de nosotros.

“¿Estás pasando por un momento difícil? ¿Hay serios inconvenientes en tu vida? No te preocupes. Por más violenta que sea la tormenta, por más desamparado que te sientas, no estás solo. Dios está con nosotros. El Ser mas maravilloso y amante del universo te guarda en sus manos y nunca te va a dejar.”

(Sal 4:8) “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado.”

 

Natanael Leon