“Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; El malo no habitará junto a ti. Los insensatos no estarán delante de tus ojos; Aborreces a todos los que hacen iniquidad. Destruirás a los que hablan mentira; Al hombre sanguinario y engañador abominará Jehová. Mas yo por la abundancia de tu misericordia entraré en tu casa; Adoraré hacia tu santo templo en tu temor.” (Salmo 5:4-7)

“¿Vamos a llevar con nosotros los mismos errores?”

En Abril del 2012, el escritor y dibujante Paco Roca publicaba un cómic titulado “Crónica de una crisis anunciada” (ver El País semana, 15/04/12), donde trataba de explicar las causas de la crisis económica que vivía España, y cuyas consecuencias aún continúan. 

A pesar de lo trágico del momento, su autor veía la misma como una oportunidad para construir una sociedad más justa. Habla de “iniciar un nuevo viaje” e imagina a los desheredados de la sociedad subiendo a una gran nave espacial, abandonado este sistema en ruinas, con la intención de colonizar otro planeta y comenzar de nuevo, pero sin banqueros ladrones, sin políticos mentirosos, sin especuladores, sin “pelotazos inmobiliarios”, etc.

Pero, y he aquí la sorpresa, entre los viajeros habían dos personajes que, por su atuendo y manera de hablar, mostraban cual era su verdadero interés en el viaje: “hacer negocio” en ese nuevo mundo. Y uno de los pasajeros, que se da cuenta, se pregunta en voz alta: “¿Quién a dejado subir a estos?” “¿Vamos a llevar con nosotros los mismos errores que nos trajeron hasta aquí?”. Una escena interesante que invita a reflexionar sobre la condición humana.

Pero nuestro texto bíblico muestra un cuadro diferente: “Dios no se complace en la maldad” y añade “el malo no habitará junto a ti”. Lo que para los hombres es una ilusión, un mundo sin maldad, sin corrupción, Dios lo hará realidad. Junto a Él, “en el cielo”, no solo que no cabe ninguna clase de maldad, sino que además nadie podrá burlarle y colarse para hacer “sus negocios”. ¡Por fin un mundo donde en verdad reinará la justicia, el amor, la paz! 

(Ap. 21:3-4) “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.”

Despues de esta introducción, y teniendo en mente esta ilustración, me gustaría meditar brevemente en Proverbios 6:16-19. He aquí al menos siete clases de personas, siete pecados, que estarán excluidos de su presencia. Un texto muy interesante que habla de la santidad y la justicia de Dios.

Los 7 pecados que Dios no tolerará en su presencia.

(Pr 6:16) “Seis cosas aborrece Jehová, Y aun siete abomina su alma:” 

La expresión “Seis cosas…, y aún siete”, es un recurso literario con el cual el escritor intenta captar la máxima atención del lector y la vez que facilitar la memorización. El asunto lo merece. Se trata de 7 formas de maldad que Dios aborrece y abomina, dos verbos que no tienen desperdicio: 

- Aborrecer: Literalmente “Tener o sentir un gran rechazo o aversión hacia alguien o algo”. “Apartarse de algo con horror”. Es lo contrario de amar. Mientras que lo que se ama provoca atracción y deleite, aborrecer implica rechazo total o aversión. En lenguaje coloquial “le revuelven las tripas por dentro”. Como dijo el salmista “Dios no se complace en la maldad”.  

- Abominar: Su significado es muy parecido al anterior. Está repitiendo la misma idea con otras palabras, quizás con un matiz distinto. Abominar es “Rechazar y condenar enérgicamente una cosa que causa aborrecimiento o repulsión”. Volviendo al salmista, Dice de Dios “el malo no habitará junto a ti”.

Pero ¿Cuáles son estas siete cosas especialmente repugnantes y odiosas para Dios? 

1º. “Los ojos altivos” (Pr 6:17). 

A veces no hace falta hablar para saber lo que hay en el corazón. Su mirada, el gesto de su cara lo delata. “Los ojos altivos” es una referencia al hombre orgulloso, que se cree autosuficiente y menosprecia a su prójimo. Pero no solo a su prójimo, sino que la autosuficiencia, en muchos casos, lleva a las personas incluso a levantarse en contra Dios. Tremenda necedad.

¿Quién no siente repulsión o está incómodo con alguien así? ¿Quién lo quiere por compañero o amigo intimo? Posiblemente todos aprobaríamos a Dios por rechazar “los ojos altivos”. Sin embargo nunca olvidemos que cuando señalamos a los otros también nos estamos señalando a nosotros mismos. 

¿Cuántas veces no hemos mirado a otra persona con desprecio? ¿Cuántas veces no se han “encendido nuestros ojos” delatando una actitud orgullosa? ¿Cuántas veces no hemos actuado con prepotencia o autosuficiencia frente a los demás? -“¿Y tú me vas a enseñar a trabajar a mí, que llevo mas tiempo que tú aquí?” me suele decir uno de mis compañeros, y eso sin sentir un mínimo de rubor.

La raza, el dinero, los estudios, el aspecto físico, los celos, incluso las frustraciones, nos hacen actuar con “ojos altivos”.  

2º. “La lengua mentirosa” (Pr 6:17). 

Una referencia a aquellos que menosprecian la verdad y utilizan la mentira para alcanzar sus fines. ¡Cuánto daño, cuánto dolor y cuánta destrucción provocan! 

De nuevo “daríamos un aprobado” a Dios por excluirlos “de su mundo”, y posiblemente señalaríamos a la clase política como los primeros merecedores de esta medida. Pero otra vez olvidamos que la mentira no es solamente un mal que corroe a una clase de personas, sino que afecta a todos los seres humanos. No solo se miente al pueblo, también se miente:

- A los padres, porque son demasiado carrozas para entender, o así me evito un lío. Es difícil entender cómo hijos que han sido educados en el desprecio a la mentira, que no han carecido de buenos ejemplos, recurren a ella para lograr sus objetivos.

- A los hijos, porque son demasiado pequeños, porque no tengo tiempo de explicaciones, porque no quiero asumir responsabilidades, o mis errores. 

- Al vecino, incluso al amigo, para salir del paso, para no verme comprometido, para quedar bien.

- A hacienda, al gobierno, al seguro, al jefe, a los compañeros, a la esposa, al esposo, a la familia, … 

Y lo triste es que nos hemos acostumbrado a vivir con un plus de mentira, con una “desviación de la verdad” que hay que asumir.

3º. “Las manos derramadoras de sangre inocente” (Pr 6:17).

Una referencia al asesinato y al menosprecio de la vida. Asusta ver que poco vale la vida para algunos: Se mata por religión, por racismo, para controlar, para someter (narcotráfico, terrorismo, guerras), se mata por una mirada, por unas zapatillas… Pero si alguno piensa “¡esto no va conmigo, mis manos no están manchadas”! debiera meditar en el alcance de las palabras de Jesús cuando versó sobre el enojo en Mateo 5.

(Mt 5:21-22) “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.”

Por qué sitúa Dios la enemistad, el insulto y la injuria, al mismo nivel que el asesinato. Porque delatan un corazón lleno de menosprecio y de violencia.

4º. “El corazón que maquina pensamientos inicuos” (Pr 6:18).

Una referencia a aquellas personas que ponen su mente y sus habilidades a disposición del mal. Incluye a los inductores, a los que incitan a otros mientras ellos quedan impunes. ¡Que bueno que Dios se fija en ellos y que pagarán las consecuencias!

Pero también sucede que a la vez que nos felicitamos por esta decisión de Dios, pasamos por alto lo sucio y lo oscuro que en más de una ocasión llegan a ser nuestros pensamientos. Todo un pozo de maldad y violencia esperando la ocasión para manifestarse. 

5º. “Los pies presurosos para correr al mal” (Pr 6:18).

Es decir, aquellos que se deleitan con el mal, que viven del abuso, de la violencia, y del dolor ajeno. ¿Te has fijado lo endurecida que está nuestra sociedad que convierte en héroes/ídolos a delincuentes o a personas de dudosa moral; que sublima la violencia y se deleita escuchando, viendo y haciendo lo que a Dios no agrada? “Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo;”  (Is 5:20).

6º. “El testigo falso que habla mentiras” (Pr 6:19). 

El que comete perjurio menospreciando así a Dios, a la justicia y a su prójimo para obtener un beneficio. Pero seamos realistas: Si somos los perjudicados condenamos el falso testimonio con energía, pero si nos beneficia miramos para otro lado. Así es el hombre caído. ¿Cuántos estamos dispuestos a decir la verdad si esta nos perjudica? 

7º. “Y el que siembra discordia entre hermanos” (Pr 6: 19). 

El que enfrenta a los unos con los otros, que roba la paz de las familias, enfrenta amigos, compañeros, comunidades, incluso naciones. A veces por placer, otras por algún interés bastardo.

Y de nuevo estamos ante un comportamiento del que difícilmente podemos decir “yo estoy limpio”. Solo un ejemplo: Qué ocurre cuando damos oído o alimentamos chismes, cuándo participamos de la murmuración, en los corrillos, y cosas semejantes a estas… ¿No estamos sembrando malos entendidos y peleas aún en la propia familia? 

Conclusión.  

¿Qué podemos concluir del breve examen de estas siete formas de maldad? Sencillamente que ninguno de nosotros es “tan bueno” como se imagina. Que en mayor o menor grado también somos partícipes de ellas. Que la Biblia tiene razón cuando dice “no hay justo, ni aún uno.”  

(Romanos 3:9-10) “¿Qué, pues? Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno;”

¿Quién pues podrá presentarse como inocente ante Dios? ¿Quién está libre de maldad? ¿Quién podrá habitar junto a Él? La respuesta es nadie: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Utilizando el lenguaje deportivo diríamos que: nadie da “la talla”, nadie cumple con “la marca” exigida por Dios. Todos quedamos eliminados.

“Por la abundancia de tu misericordia” 

Que desesperanzador si el único mensaje que tuviésemos para compartir fuese este. Todos somos malos, no hay esperanza para nosotros, todos excluidos de la presencia de Dios. Sin embargo, y he aquí la buena noticia, si hay esperanza: 

(Sal 5:7) “Mas yo por la abundancia de tu misericordia entraré en tu casa; adoraré hacia tu santo templo en tu temor.”

Pero no nos engañemos, no está diciendo que Dios, porque es bueno, va a pasar por alto nuestros pecados y dejarnos entrar así porque sí en el cielo. ¿Dónde quedarían entonces Su justicia y santidad? Esta “abundancia de misericordia” a la que alude el salmista para nosotros tiene un nombre. Se llama Jesucristo y hace referencia a su muerte voluntaria en sacrificio por nuestros pecados.

(Romanos 5:8) “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” 

(1ª Pedro 3:18) Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios,…” 

Estas dos expresiones “Cristo murió por nosotros” y “Cristo padeció… por los pecados, el justo por los injustos” son  preciosas. Dios no ha renunciado a su justicia, ni ha decidido ignorar nuestros pecados, sino que ha provisto un sustituto, Su Hijo unigénito, para lleve sobre sí nuestra culpa y sus consecuencias. 

Pero hay más. Dios no ha renunciado a su santidad pero si ha prometido dar un nuevo corazón y una nueva vida en intimidad con el Padre, a todos aquellos que previamente han sido juzgados en Cristo. A todos los que se acerquen a Él por medio de Jesús. ¡Un cambio, obrado por Su Espíritu, que se viva desde dentro hacía fuera y no desde fuera hacia adentro!

(Juan 1:12-13) “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.”

Para terminar solo queda hacer un solemne llamado a aquellos que todavía no han creído en el Señor Jesucristo como su único y suficiente Salvador. Que reconozcan su condición de pecadores, que no están libres de maldad, y se entreguen incondicionalmente a Cristo, el único que puede Salvar y transformar verdaderamente el corazón. En Jesús tenemos perdón y Vida Eterna.

(Jn 3:16-17) “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”

 

Natanael Leon