Jesús instruye sobre su muerte
(Mr 8:31-9:32).
Después de “la confesión de Pedro” (Mr 8:27-30), el Señor introdujo dos nuevos énfasis en su enseñanza a los discípulos. Por un lado les habló respecto a su muerte (ver Mr 9:31-32; Mr 10:33-34), y por otro de las implicaciones del discipulado (Mr 8:34-38) (Mr 9:35-37) (Mr 10:42-45). Seguir a un Mesías que debía morir antes de reinar tenía consecuencias.
Jesús anuncia su muerte.
(Mr 8:31-9:1)
Las tres primeras escenas que vamos a estudiar suceden en el mismo contexto, el primer anuncio de Jesús sobre su muerte, y bien podrían estudiarse como una unidad. Pero para facilitar el estudio hacemos la distinción: 1. El anuncio propiamente dicho (Mr 8:31); 2. La reprensión a Pedro (Mr 8:32-33); 3. El coste de seguir a Jesús (Mr 8:34-9:1).
“Fuego amigo.”
Primero una ilustración ¿Saben que es el “fuego amigo”? Es un término de origen militar. Sucede cuando en vez abrir fuego contra el enemigo lo haces contra tus propios soldados o aliados. Por ejemplo, la artillería o la aviación que debe bombardear al enemigo para debilitar sus defensas y facilitar el ataque de la infantería, y por error ataca a sus propios soldados. Algo terrible.
Por ejemplo, en la guerra del golfo, en 1991, un avión estadounidense confundió una columna de transporte británica con soldados iraquíes. Esto costó la vida de al menos nueve soldados aliados. Se dice que el 49% de las bajas aliadas en ese conflicto fueron por esta causa. Generalmente tiene su origen en fallos humanos, en una mala coordinación. Después volveremos a esto. Ahora veamos el texto.
“Le era necesario padecer mucho.”
(Mr 8:31) “Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días.”
“Y comenzó a enseñarles…” Los discípulos tenían un problema. A pesar de los progresos que habían hecho, todavía seguían pensando en Jesús como el enviado divino que terminaría por expulsar a los romanos y traería el reino anunciado por los profetas (un tiempo de paz y prosperidad para toda la tierra, donde el nombre de Dios fuese reconocido por todos, y donde Israel, junto con Jerusalén, tuviese un lugar preeminente). De ahí la necesidad de enseñarles la clase de Mesías que era, y lo que iba a pasar en Jerusalén cuando llegara el momento. Jesús no había venido como el Rey victorioso que ellos esperaban sino como el Siervo sufriente, no para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos (Mr 10:45).
Este es el anticipo del programa divino que Jesús comparte con sus discípulos, lo que le sucedería de ahí a unos meses, y todo bajo el epígrafe de “es necesario”:
1. “Que le era necesario al Hijo del hombre padecer mucho.”
Seguramente escuchar esto no les agradó y empezaron a inquietarse. Pero hasta cierto punto entraba dentro de lo posible. Podían justificarlo. Los romanos no se lo pondrían fácil, gobernantes como Herodes tampoco. Pero Jesús no hablaba de eso.
Estas palabras “le era necesario padecer mucho” no hablan de un sufrimiento contingente, sobrevenido por las circunstancias, sino de un sufrimiento previsto por Dios desde la eternidad con el fin de redimir al hombre (Col 1:19-20). Un sufrimiento al que se sometía voluntariamente en cumplimiento de la voluntad del Padre (Is 50:5-6) (Jn 4:34) (Jn 6:38). Y de esta forma se cumplirían todas las profecías que anticipaban sus sufrimientos y su muerte (Is 52:13-53:12) .
2. “Y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas.”
Estos tres grupos eran los que formaban el sanedrín o máximo órgano de gobierno judío. Este anuncio tampoco les gustó, y sin duda hizo subir aún más la inquietud. “¿Hasta dónde quiere llegar?”
El verbo “desechar” (apodokimazo de apo, “fuera de”, y dokimazo, “aprobar”) es interesante. Literalmente, ser rechazado como resultado de un examen. Esta reprobación tiene un gran valor, implicaría el rechazado oficial de la nación del Mesías. (Sal 118:22).
3. “Y ser muerto.”
Creo que ahora sí que el rostro de ellos cambió por completo. Esto eran palabras mayores. ¿Cómo digerir algo así? El Mesías, según la idea que tenían, debía salir victorioso. La muerte era para sus enemigos. El escándalo que esto les suponía dio lugar a la desafortunada intervención de Pedro, pero eso lo veremos luego.
Ahora toca centramos en el por qué de esta necesidad, cosa que ellos no entendían: No es posible predicar las buenas nuevas del Evangelio si primero el pecado no se juzga de forma definitiva. Con Su muerte en la cruz, Jesús iba a dar cumplimiento a todos los sacrificios que la ley había establecido, unos sacrificios que anticipaban este momento (Heb 10:11-12).1.
4. “Y resucitar después de tres días.”
Tan desconcertados estaban con el anuncio de su muerte, que esta referencia a Su resurrección, a Su gran victoria sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás, pasa desapercibida. No fue hasta después de la resurrección que entendieron el significado literal de las mismas (Lc 24:7-8) (Jn 2:19-22).
Como veremos en un momento, estas palabras provocaron un gran desconcierto entre los discípulos y dieron pie a una reacción inadecuada en los discípulos. Pero antes, abrimos un paréntesis: Este énfasis sobre “ser desechado y la necesidad de padecer” trajeron a mi mente el dicho de Jesús “El siervo no es mayor que su Señor” y algunos pensamientos que me gustaría compartir.
“El siervo no es mayor que su Señor”
Sería de esperar, y aún en un mundo caído como este, que el trabajo, el esfuerzo, el talento, la responsabilidad, tarde o temprano sean reconocidos. Y si detrás hay un carácter cristiano servicial, respetuoso, que no se deja arrastrar por una ambición desmedida, lo normal es que esto actúe a tu favor. Por tanto no te desanimes.
Pero esta moneda tiene otra cara. ¿Qué debes esperar del mundo si retienes la integridad del Evangelio y su mensaje? No te engañes con esto, no será ni el aplauso generalizado, ni una alfombra roja a tus pies; sino burla, desprecio y rechazo. Y esto en el mejor de los casos. El Señor fue muy claro cuando dijo:
“Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros.” “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.” “Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.” (Jn 15:18-20). “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución;” (2 Tim 3:12).
El cristiano no siempre sufre por el Evangelio.
Esto último me recordaba una advertencia que leía hace tiempo pero que sigue más vigente que nunca: Una cosa es sufrir por Cristo y por el Evangelio, y otra muy distinta padecer por mis ideas, por mi carácter, mi falta de sabiduría, o por decisiones que tomo. A veces mezclamos las cosas y nos sentimos mártires, cuando en realidad no lo somos. Quizás lo entendemos mejor con un ejemplo:
El creyente que es despedido de la oficina por evangelizar. “¡Que buen creyente es y que mala la empresa!” es lo primero que pensamos. Pero cuando hay oportunidad de indagar nos enteramos que pasaba más tiempo hablando del Señor que trabajando, que distraía continuamente al resto de compañeros hablando del Señor, que fue advertido varias veces. ¿Realmente esto es sufrir por el Evangelio?
Y esto sin mencionar las redes sociales, el uso que le damos, o las ideas que defendemos en ellas. Me pueden expulsar de ellas por ser “defensor de la vida”, sufrir boicot por expresarme en contra del aborto, y esto es notablemente injusto. Pero ¿Estoy realmente sufriendo por el Evangelio? También hay muchas personas provida, o defensoras de la libertad de pensamiento, que no son cristianas y también sufren boicot o son expulsadas. Qué se puede concluir de esto, que escojamos bien las batallas por las que sufriremos, y recordemos que hay batallas que solo las podemos librar los creyentes y no las personas bien intencionadas de este mundo (Lc 9:60).
Jesús reprende a Pedro (Mr 8:32-33).
(Mr 8:32) “Y esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle.”
“Y esto les decía claramente” Lo que acababa de decir no era una parábola, ni frases enigmáticas. Su enseñanza respecto a la necesidad de su padecimiento y muerte era clara. Un niño podría entenderlo. De ahí que Pedro comience a reconvenir o reprender, a Jesús. ¡Que tremenda necedad! ¡Atreverse a corregir al Maestro, como si no supiera lo que decía y por qué! Pero no nos escandalicemos, en ocasiones también los cristianos actuamos así. Creemos saber lo que es mejor y nos atrevemos a corregir a Dios.
Este es el punto donde recuperamos nuestra pequeña historia sobre el “fuego amigo.” En un momento crítico de su ministerio, cuando el camino hacia Jerusalén sería su próxima decisión, sufre un ataque “inesperado” de los suyos. Y además de la misma boca que hace unos momentos le confesaba como Mesías, el Hijo del Altísimo. De uno que Jesús consideraba de sus íntimos (Mr 9:2), es decir, del Apóstol Pedro. Creo que una experiencia como esta, para la mayoría de nosotros sería demoledora humanamente hablando.
Quítate de delante de mí Satanás.
Mateo le pone palabras a la reprensión de Pedro: “Ten compasión de ti, en ninguna manera esto te acontezca.” (Mt 16:22). Este sabio consejo de Pedro, trae a nuestra mente una escena donde también alguien lo invita a eludir la muerte ¿Recuerdan quién, dónde, cómo? Nos referimos a Satanás y a una de las tentaciones: Obtener los reinos de este mundo evitando la cruz (Mt 4:8-9) (Lc 4:6-7). Esta similitud nos ayuda a entender las duras palabras de Jesús a Pedro.
(Mr 8:33) “Pero Él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.”
Se supone que Pedro habló en nombre de los Doce. De ahí que el Señor le reprenda en alta voz y mirando al grupo.
Importante, Jesús no lo llama Satanás porque estuviese poseído por el demonio, sino porque estaba haciendo su trabajo: estorbar la Cruz. Actuó con las mejores intenciones, sus motivaciones eran buenas, no cabe duda, pero estaba totalmente equivocado. Sin quererlo actúo como su instrumento.
¡Que fácil es tener buenas intenciones, y sin embargo que el enemigo nos use para dañar la Obra! ¡Y esto sin darnos cuenta! Pidamos al Señor que nos ayude a mantenernos en humildad, dependencia, y no dejarnos llevar por nuestro ímpetu: «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.» (1ª Co 10:12).
“No pones la mira en las cosas de Dios.”
La posibilidad de que esto ocurra hace que el final del verso sea muy importante. Jesús hace más que reprender al Pedro, Jesús dice la razón de este “fuego amigo”: “Porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.”
El verbo “poner la mira” es froneo, derivado de fren, mente en griego. Significa eso: pensar, considerar (W. E Vine). Reflexionar, esforzarse por (D.E.N.T. volumen II). Un verbo que no solo expresa la actividad de la razón, sino al mismo tiempo la orientación de la voluntad: es a la misma vez participación y decisión (D.T.N.T. volumen II).
Literalmente, “Porque no piensas en las cosas que son de Dios…”. Otra forma de traducir: “Porque no tienes el sentir en las cosas de Dios.” (es el mismo que se traduce sentir en Fil 2:5), en el sentido de motivación/impulso.
El tema es interesante. ¿Dónde está nuestro sentir/ pensamiento? Cuando animamos a los creyentes a buscar las cosas de Dios generalmente hablamos de:
- Dedicar más tiempo a la lectura y estudio de la Palabra, más tiempo a la oración y adoración personal.
- Participar a las diferentes reuniones y actividades. Colaborar en todas las cosas que nos vengan a mano, y que sean para la gloria del Señor.
- Fomentar la escucha de buena música, buenos audios, películas, libros que no solo nos hagan disfrutar, sino que aporten a la vida cristiana, nos ayuden a formarnos, y evitar así las cosas que fomentan “el mundo” en nosotros, sus valores, su forma de pensar, de actuar.
Y todo esto está bien. Pero cuando Jesús le dice a Pedro “no tienes la mira en las cosas de Dios” ¿Qué quiso decir? Porque Pedro ya estaba en todas las conferencias de Jesús, en todas las reuniones de oración, y siempre a la orden para lo que le pidiese, estaba las veinticuatro horas con Él.
En este caso el problema de Pedro era que todavía estaba “comprometido con las expectativas del Mesías davídico que vencerá a los romanos y a sus colaboradores judíos y restablecerá el reino autónomo de Israel.”* En vez de reconocer su ignorancia y depender del Señor, trata de resolver la cuestión imponiendo sus criterios, negando la necesidad de la muerte de Jesús. No se trataba de a cuántas reuniones iba, sino de que su mente no tenía una visión renovada de la Obra de Jesús. Estaba desenfocado. No miraba desde la perspectiva divina sino la humana.
Estas palabras recuerdan un texto del Apostol Pablo donde, usando un vocabulario similar, habla de la necesidad de vivir en este mundo enfocados en las cosas de arriba, de tener el sentir en las cosas de Dios no en las de la tierra:
“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.” (Col 3:1-2)
No es un llamado a vivir en una nube, aislado de la realidad del mundo, sino a enfrentar la vida con una mente renovada que nos coloque en la perspectiva correcta. Lo que se demanda es la participación del cristiano en la mente de Cristo.
Nuestro mayor deseo.
¿Nuestro mayor deseo como cristianos? Tener la mira en las cosas de Dios. ¿Y cómo lo hacemos? Dejando que el Señor renueve constantemente nuestra mente y corazón (Ro 12:2) (Col 3:10). En realidad ese es el propósito de aquellas cosas que mencionamos antes: leer, orar, adorar, congregarnos, servir… no son un fin en sí mismas sino un medio.
Volviendo al caso de Pedro, tener la mira en las cosas de Dios implica la necesidad de una actitud de humildad, que reconoce sus límites y depende del Señor.
Pues oremos que el Señor nos ayude a tener mentes renovadas, que tienen la perspectiva de “las cosas de arriba,” y no la de nuestros intereses. Enfocadas en el Señor y no en nosotros. De esta forma podremos vivir para Él y servirle mejor y no ser usados como “fuego amigo” haciendo daño a la Obra del Señor y a los hermanos.