Transformados por Dios.

Ezequiel 36: 22-28.
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.” (36:2
¡Hermosas palabras! ¿Pero quién las dijo, qué significan, cuál es su contexto? El autor es Ezequiel, un sacerdote que junto con otros habitantes de Jerusalén fue llevado cautivo a Mesopotamia (actual Irak) por las tropas de Nabucodonosor en torno al año 597 a.C. Al poco, Dios lo llamó a profetizar. Años más tarde el mismo Nabucodonosor destruirá Jerusalén, el templo, y llevará miles de cautivos. Si bien tuvo el trago amargo de profetizar esa caída y destrucción en juicio de Jerusalén, también Dios le dió un precioso mensaje de esperanza. Anunció un tiempo cuando Israel sería nuevamente reunido en su tierra, de verdadera conversión a Dios, de paz y servicio al Señor (Lucas 1: 73-75). Tiempo después, cuando Babilonia fue sustituida por Persia, Dios en su misericordia permitió el regreso del pueblo. Fue un tiempo hermoso, de esperanza, donde primero el Templo y después toda Jerusalén fueron reconstruidos. Sin embargo pronto el pueblo dio señales de que, a pesar de experimentar la mano de Dios, sus corazones no se habían vuelto al Señor. Ese “corazón nuevo” y “espíritu nuevo” del que habla Ezequiel siguieron siendo los grandes ausentes. Si bien fueron curados de su idolatría, lo cierto es que unos 400 años después, este endurecimiento les llevó a rechazar a Jesús como el Enviado de Dios. En el año 70 d.C. los romanos destruyeron Jerusalén y el templo, y tras la última revuelta judía (S.II d.C.), otra vez fueron esparcidos por todo el mundo conocido. Desde el Siglo XIX, y como consecuencia de diferentes olas de antisemitismo, los judíos comenzaron a regresar de manera significativa a su tierra. La creación del estado de Israel en 1948 dio un nuevo impulso a este regreso, un impulso que todavía continúa. Sin embargo este “corazón de carne”, es decir “tierno, compasivo, sumiso y sensible a Dios” del que habla Ezequiel sigue ausente. Entonces ¿Cuándo sucederán estas cosas? Y la respuesta es, cuando el Mesías (el Señor Jesucristo) regrese nuevamente a esta tierra (Ezequiel 37:21-24). Sin necesidad de alegorizar este y otros textos, la conclusión es que estas cosas sucederán “al final de los tiempos”. Después de un periodo terrible de juicio que ha de venir sobre esta tierra, y que afectará de forma particular al pueblo de Israel (Zacarías 13:8-9). Nuestro Señor lo llamó “la Gran Tribulación” (Mt. 24: 21 y 22). Pero lo interesante ahora, y en esto vamos a detenernos, es que esta transformación interior profetizada sobre Israel (que tendrá cumplimiento literal) es ya realidad por medio de la sangre de Cristo para todo aquel que cree en Él (judíos y no judíos). Estas palabras de Ezequiel nos sirven de ilustración de lo que Dios puede hacer ahora en cada persona que se acerca a Él por medio de la fe en Jesús.
EXPOSICIÓN Y APLICACIÓN DE VERSÍCULOS.
(36:24) “Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país”. No es difícil encontrar información en internet sobre el retorno de judíos a su tierra desde el S. XIX hasta el presente, la oposición, los sufrimientos y las tragedias en el camino. Muchos no llegaron. Además de los judios provinientes de europa (un millón desde la Unión Soviética), tras la creación del estado de Israel entre 600.000 y 800.000, en su mayoría expulsados, regresan desde Marruecos, Tunez, Libia, Egipto, Irak, Siria, y otros paises musulmanes1. . Pero cuando estas palabras tengan pleno cumplimiento, no habrá ningún obstáculo (ni físico, ni humano o sobrenatural) que impida esta reunión. Dios mismo será el protagonista de este evento. Entre tanto ese día llega, en el tiempo presente, el mensaje que tenemos que dar es que Dios está formando un nuevo pueblo para sí al cual llama “Su Iglesia”. Un pueblo que le honre, con el que tener comunión y de a conocer Sus misericordias. Evidentemente cuando decimos “Iglesia” no hablamos de una institución humana, de una jerarquía de personas con atuendos “especiales”, edificios de piedra o ladrillos, sino de hombres y mujeres que por la misericordia de Dios han experimentado el perdón de sus pecados, han sido renovadas interiormente y reunidas en un solo pueblo por medio de Cristo. “Y yo os tomaré de las naciones” nos ayudan a recordar una verdad preciosa respecto a la iglesia: un pueblo que no conoce fronteras humanas, geográficas, políticas, ni culturales; cuyo arquitecto y constructor es Dios y que, a pesar de la oposición, nada ni nadie podrá impedir Su propósito de llevar por medio de Jesucristo, muchos hijos a Su Gloria (1ª de Pedro 2: 9,10; 1ª de Cor. 12:13). A continuación, Ezequiel describe una Obra en medio de este pueblo incrédulo, que tendrá tres partes: Purificación, Regeneración o nuevo nacimiento y Santificación.
La purificación.
(Ez 36:25). “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.” Este rociar con agua es una referencia a los ritos de purificación que establecía la ley de Moisés. Por ejemplo, para las personas consideradas inmundas por muerto. El agua se obtenía mezclando agua limpia con cenizas de una vaca “alazana” (canela o rojiza), una vaca sacrificada y consumida totalmente por el fuego (Núm 19). Volviendo al texto y a su aplicación a la nación de Israel. Llegado el momento, lo primero que Dios hará, será tratar con el pecado (el pecado aquí es presentado como una mancha o impureza que impide la comunión con Dios y nos aleja de Él. Es como el vestido blanco de una novia, pero que ha sido arruinado por una terrible mancha de vino, ahora no sirve para su propósito y es desechado). Volviendo al texto, cuando Dios trate con su pecado, entonces no hará falta sacrificar ningún animal, ni mezclar agua con sus cenizas, ni rociar literalmente al pecador. La razón es bien sencilla: El sacrificio por el pecado ya ha sido realizado. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo ya fue sacrificado, una vez y para siempre. Hablamos de la muerte de nuestro Señor Jesucristo y del valor eterno de su sangre. Por tanto, esta futura purificación de Israel necesariamente tendrá que ver con el arrepentimiento del pecado y con aceptar a Jesucristo no solo como el Mesías Rey sino como la ofrenda por el pecado. ¿Cuál es el mensaje para nosotros queridos amigos? Que el valor de la sangre de Cristo, su sacrificio en la cruz, no es para un grupo especial de personas. Es para todo aquel, hombre o mujer, que reconozca su condición de pecador y la mancha, la suciedad, que esto supone para su vida y nuestra relación con Dios. Dios quiere limpiar al hombre de su pecado y librarlo de sus consecuencias, Él quiere que sea justificado –declarado inocente-, limpio de la mancha del pecado, pero para ello es necesario que en arrepentimiento vengas a Él poniendo tu fe en Cristo (creo que murió en mi lugar, creo que por su sangre soy limpio de mi pecado).
Regeneración o nuevo nacimiento.
(Ez 36:26). “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne”. Recientemente leía una frase que me llamó la atención: “el corazón del problema humano es el problema del corazón humano”.2. Parece un trabalenguas pero contiene una gran verdad. La raíz del problema está en el corazón del hombre. Como enseña la Escritura: tenemos una naturaleza caída, un corazón que tiende a la rebeldía contra Dios y a un comportamiento egoísta. Un día, y para asombro de muchos, Dios hará “la mayor operación de corazón que la historia humana conocerá”. Nos referimos a la profunda transformación interior que Dios obrará en el pueblo judío. Los mismos que hoy dan la espalda a Jesús y que viven confiados en sus propias fuerzas. En aquel día, dice el Señor, “daré un corazón nuevo” y “pondré espíritu nuevo” dentro de ellos, “una nueva forma de pensar y de sentir” provenientes de un interior renovado. Una nueva fuente de vida que detesta la maldad en todas sus formas, que busca a Dios, que mira hacia arriba y se deleita en Su Voluntad. La buena noticia es que está acción renovadora puede ser hoy una realidad en tu vida. No solo que Dios perdona tus pecados por medio de la sangre de Cristo y te libra de sus consecuencias eternas, sino también transformarte desde dentro para convertirte en una nueva criatura. Es lo que la Biblia llama “un nuevo nacimiento” (2ª de Corintios 5: 17 y 18a). Mi querido amigo ¿quieres ser libre del poder de ese corazón malo que te arrastra al pecado, que te hace daño y daña a los que te rodean? ¿Quieres que ese corazón endurecido por la vida, por el pecado, insensible para reconocer la voz de Dios, insensible frente al prójimo, sea cambiado por un corazón de carne? Por un corazón tierno y sensible, por un corazón caliente - lleno de la vida de Dios- que conoce el amor de Dios y que puede darlo. Esto es lo que sucede en tí desde el momento en que recibas al Señor Jesús como Salvador de tu vida. Él entrará para limpiarte de la suciedad del pecado, traer perdón a tu vida, pero también un “nuevo corazón y nuevo espíritu”.
Santificación.
(36:27) Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Pero a esta obra de transformación interior todavía le queda un paso más: “pondré dentro de vosotros mi Espíritu”. ¡Que precioso! Dios mismo, por medio del Espíritu Santo, promete hacer morada en ellos y así capacitarlos para hacer su voluntad. Dios obrará en ellos lo que hasta ahora como pueblo fueron incapaces de hacer: “andar en sus estatutos, guardar sus preceptos y ponerlos por obra.” Este mismo pueblo que produce tantos sentimientos encontrados y tantos quebraderos de cabeza será un medio de bendición usado por Dios a favor de todas las naciones Hermoso, ¿verdad? Pues exactamente la misma promesa es la que han recibido todos aquellos que hoy se acerquen a Dios por medio de la fe en Jesucristo. A la justificación - el perdón de nuestros pecados- y al nuevo nacimiento –esa obra de renovación interior- sigue ahora la capacitación por medio del Espíritu Santo para vivir guardando y poniendo por obra la voluntad de Dios –hablamos de la santificación práctica en nuestras vidas- y ser intrumentos de bendición en medio de este mundo. En el mismo instante en que creemos, Dios pone Su Espíritu Santo en nosotros no solo como señal de que le pertenecemos sino como fuente de poder para vivir agradándole siempre (Juan 7:37-39a). Purificación del pecado, justificación; transformación, nuevo nacimiento; y santificación, Dios obrando en tu vida, es la triple obra que Dios desea hacer en ti. ¿Endurecerás una vez más tu corazón o te rendirás a Él, recibiendo al Señor Jesús como tu Salvador personal?
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https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%89xodo_jud%C3%ADo_de_pa%C3%ADses_musulmanes -
Adrián Rogers. https://www.youtube.com/watch?v=OdHrkkmY2Sk&t=301s