Reflexiones en torno a Herodes Antipas.
Marcos 6:14-29.

La verdad es que esta escena, en especial la danza de esta joven a quien Josefo, historiador judío de la época, identifica como Salomé, y la decapitación de Juan el Bautista, es bastante conocida. Ha inspirado cuadros, novelas, obras de teatro e incluso películas.
Sin embargo son pocos los que se paran a meditar en las implicaciones que sobre la condición humana y sus necesidades tiene el relato. Y en especial un personaje como Herodes. Se parece a nosotros mucho más de lo que pensamos. Pero ¿Quién era Herodes?
El “rey Herodes”. Personaje histórico.
En primer lugar decir que aunque el Nuevo Testamento tiene varias referencias a Herodes no siempre hablamos de la misma persona.
La dinastía de los Herodes empezó con un rey llamado “Herodes el grande” quien, con el beneplácito de Roma, gobernaba un amplio territorio, incluyendo Israel, cuando Jesús nació. Este fue el que ordenó matar a los niños de Belén (Mt. 2:13-16).
A su muerte Roma decidió dividir su reino entre tres de los cuatro hijos que estaban vivos: Arquealo, Antipas y Felipe (Filipo II). El cuarto, Herodes Felipe, no recibió territorio, y vivió en Roma con su esposa Herodías y su hija Salomé.

Antipas, que gobernó Galilea y Perea, lo hizo con el título de Herodes Antipas. Este es el Herodes de nuestro texto, el que mató a Juan el bautista y que interrogó a Jesús antes de la crucifixión (Lc. 23:8-9). Aunque popularmente se le conocía como “el rey Herodes”, Roma nunca le otorgó este título.
Herodes Antipas estaba casado con la hija del rey de los Nabateos, un poderoso reino al sur de Judá. Sin embargo durante una visita a Roma se encaprichó de la mujer de su hermanastro, Herodías, y juntos planearon romper sus matrimonios para casarse. Al parecer Herodías era una mujer ambiciosa, y no dudó en dejar a su marido, “un don nadie”, para casarse con Herodes.
Una historia muy actual, y que a pesar de las traiciones, Holywood podría transformar en una película donde “triunfa el amor”. Pero aún así, no deja de ser un comportamiento egoísta, inmoral y contrario a la Palabra y propósitos de Dios (Lv 18:16) (Malaquías 2:14-16).
De ahí la dura denuncia de Juan el bautista que tanto molestaba a Herodes y que despertó el odio asesino de ella. Por eso dice el verso 21 “Pero venido un día oportuno”, es decir, un día oportuno para Herodías. Durante semanas, durante meses, esperó y buscó su oportunidad para matarlo.
Por cierto, finalmente ambos fueron exiliados por los romanos a las Galias, Francia, donde murieron.
Después de esta breve exposición histórica, hacemos otra vez la misma pregunta ¿Quién era Herodes? Una persona no muy diferente de nosotros.
Un hombre acusado por su conciencia (Mr. 6:14, 16).
No hacía mucho tiempo que el rey, después de encarcelarlo, había ordenado la muerte de Juan. Finalmente, aquel profeta incómodo, que una y otra vez le recordaba su pecado y sus miserias había sido silenciado.
Sin embargo no estaba en paz. De alguna manera el recuerdo de lo sucedido le perseguía. Tenía una conciencia culpable.
Es por eso, cuando oyó de Jesús y los milagros que hacía lo relacionó con Juan el bautista, y decía: “ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes”, “Este es Juan el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos”.
El Apóstol Pablo escribió algo muy interesante respecto a la conciencia, esa especie de juez interno que todos tenemos. Enseñó que la misma es como una extensión de la ley de Dios escrita en nuestros corazones (Romanos 2:14-15). Y si bien es cierto que se puede distorsionar con respecto a lo que es justo o no, es un medio que Dios usa para hacernos conscientes de nuestra condición.
En el caso de Herodes tenemos que, a pesar de su malvado comportamiento y de silenciar la voz del profeta, por un tiempo, Dios siguió hablando a su vida, permitiendo una inquietud, un desasosiego, que solo podía ser quitado mediante el arrepentimiento y la conversión.
Sin embargo existe un peligro, y es el de resistir esta voz interior hasta que al final nos endurecemos y dejamos de oírla. De hecho, también Pablo habló de personas que llegan a tener su conciencia cauterizada (2ª Tim 4:2), es decir cicatrizada o insensible.
Esto fue lo que sucedió con Herodes. Si aquí le vemos inquieto, tratando de justificar mediante creencias supersticiosas lo que estaba ocurriendo, después lo vemos dando ordenes para matar a Jesús, quizás porque seguía considerándolo Juan el bautista resucitado (Lc. 13:31), y finalmente participando en el juicio a Jesús motivado solo por el interés de ver un milagro, sin ningún tipo de remordimiento (Lc. 23:6-9). Así terminó, quizás, su última oportunidad de experimentar el perdón de Dios y la paz en su corazón (Lc 23:11).
¿Y qué de tu conciencia y tu relación con Dios?
No se cuantos de los presentes se han sentido acusados en alguna ocasión por la Palabra del Evangelio, cuántos estén viviendo bajo la sombra de una mala conciencia, prácticas, comportamientos, actitudes, quizás ocultos a los demás pero no a Dios, y no tienen paz. Incluso bajo el temor de que un día les alcance las consecuencias de sus acciones.
Pero hay solución, la liberación viene del arrepentimiento y la confesión, no a los hombres sino a Dios, y el perdón que Dios da por medio de Jesucristo.
No seas como herodes, tratando de matar la Palabra de Dios en tu corazón como él mató a Juan, o silenciando nuestra conciencia hasta endurecerla.
El perdón de nuestros pecados, la paz con Dios y la restauración de la dignidad humana solo van a venir de un verdadero encuentro con Jesucristo, un encuentro en arrepentimiento y fe, fe en su Persona y su Obra en la cruz.
Una persona religiosa, “a su manera”.
Otra cosa que llama la atención en Herodes es que, a pesar de ser un lujurioso, de vida disoluta, y un esclavo de los vicios, también era un hombre religioso.
En este sentido nos fijamos en las palabras de Marcos 6:19-20. Sabía que Juan era un hombre integró, bueno, que predicaba la verdad, y aunque le disgustaba mucho de lo que decía, sin embargo “le escuchaba de buena gana”.
¿Cuantas personas hay así en nuestros días? ¿Eres una de ellas? Leen los tratados; escuchan la predicación del Evangelio, les gusta, aunque a veces les resulte hiriente; conversan con la persona que les habla de Dios, hacen preguntas, se agradan con las respuestas, hay algo que les atrae… pero a la vez no se dejan quebrantar definitivamente por la Palabra de Dios.
Es muy posible que en cada ocasión que Herodes llamaba a Juan y conversaba con él, este quedaba meditabundo, sumido en una lucha interior, pero, como escribió el Apóstol Juan, amaba “mas las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3:19). En el fondo no quería terminar con el pecado en que vivía, y mucho menos someter su yo, sus planes, su ambición, a la voluntad de Dios. Así que aquella situación de indefinición se alargaba indefinidamente hasta que, “venido el día oportuno”, Herodías tomó ventaja y le puso fin.
El profeta Ezequiel tiene unas palabras muy gráficas para explicar esta extraña relación de Herodes con Juan: “He aquí que tú eres a ellos (en este caso Juan frente a Herodes) como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien; oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra”(Ezequiel 33:32).
Las mismas palabras explican la relación que tuvo Jesús con las multitudes a las que predicó. Le admiraban a causa de su enseñanza, le seguían, pero no le obedecían y finalmente muchos le rechazaron.
¿Cómo es tu relación con Dios y el Evangelio?
Tristemente estas mismas palabras también describen la situación de muchas personas hoy día frente al Evangelio. Les gusta, se alegran con lo que oyen, saben que es la Verdad, pero en el fondo aman sus pecados, no desean que Cristo cambie sus vidas. Y no se dan cuenta que esto mismo les llevará a la perdición. Dijo Jesús:
(Marcos 8:35-36) Despreciar la Vida que Dios da, el Evangelio de Cristo, por disfrutar de los placeres según el mundo o por no querer dar a Jesús el control de nuestras vidas, es sin duda la peor decisión que podemos tomar.
(Marcos 9:43-47) Nadie entrará en el cielo literalmente “manco”, “cojo” o “tuerto”. Allí todas estas deficiencia físicas habrán desaparecido. Al igual que tampoco las tentaciones o el pecado están en la mano, los pies o los ojos. Todo esto ha de entenderse figuradamente.
De lo que se habla son de actitudes del corazón, de placeres que nos esclavizan, de cosas, situaciones, e incluso personas, a las que nos aferramos y que, como le sucedía a Herodes, nos llevan a rechazar el Evangelio y a la persona de Jesús.
Mejor es, dice Jesús, sufrir ahora esta perdida (que en realidad resultarán en ganancia) que no sufrir eternamente las consecuencias de nuestros pecados.
Para terminar, y pensando en aquellos que puedan estar debatiéndose frente al evangelio, unas últimas palabras de Jesús y que nos invitan a una solemne reflexión:
(Marcos 8:38) “Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles”.