Cristo y la Iglesia.

Cuando se trata de ilustrar la relación vital, la dependencia que hay entre la Iglesia y Cristo ¿Qué imagen utiliza el Apóstol Pablo? Efectivamente, la del cuerpo humano, donde Cristo es la Cabeza que rige sobre el mismo (Ef. 1: 22-23) (Ef. 5:23-24).
Pero cuando se trata de ilustrar el profundo amor de Cristo por la Iglesia, un amor sacrificial, ¿Qué imagen utiliza el Apostol? Así es, el matrimonio. Pero no el matrimonio desfigurado que han hecho los seres humanos sino matrimonio según el plan original de Dios del cual Jesús en su relación con la Iglesia es el ejemplo a imitar. Escribe el profesor Trenchard:
Sin embargo “pese a su perfección y sentido profundo, la figura del Cuerpo no puede ilustrar el amor que existe entre el Señor y la Iglesia, que se refleja también en sus relaciones con todos los salvos. Por eso es precisa la figura de la esposa, sujeta a su marido, pero amada por Él,…”20. Mediante esta figura, el Señor ilustra:
– Entrega y amor incondicional: (Ef. 5:25, 29). “…como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.” “… la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia.” Al contrario de lo que ocurre en las relaciones humanas, el amor y el compromiso de Cristo es incondicional y permanente. Sin egoísmos, sin engaños, sin fecha de caducidad. Él Siempre ama, cuida y vela por su Iglesia.
– Unión permanente: (Ef. 5:31-32) “… y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio, más yo digo esto de Cristo y la Iglesia.” Cristo, en su relación con la Iglesia, no conoce ni de separación, ni de divorcio. Aquello de “vamos a darnos un tiempo” no existe en esta relación.
Desde que creímos en Jesús hemos sido introducidos por el Espíritu en la Iglesia, Su esposa, y por tanto estamos indisolublemente unidos en un mismo propósito al Señor. Gocémonos y descansemos en esta relación y en esta esperanza, cualquiera que sea nuestra situación. (1ª Ts. 4:17-18).
La boda judía en tiempos de Jesús.
Pero estos no son los únicos versos que hablan de la Iglesia como esposa de Cristo. Esta similitud aparece de forma directa o indirecta en otros lugares del Nuevo Testamento. En este caso, y teniendo entonces como fondo las costumbres judías en tiempos bíblicos respecto al matrimonio 21., vamos a hacer la siguiente analogía de la relación de Cristo con la Iglesia, eso sí, sin querer buscar significado en cada detalle. En los tiempos del Señor la boda en Israel tenía al menos dos fases:
1ª. Los esponsales o promesa de casamiento.
Todo empezaba con la elección del futuro cónyuge. Siguiendo las costumbres de la época normalmente eran los padres los que llegaban a un acuerdo sobre el matrimonio de los hijos. En ocasiones a instancias del novio (Jueces 14:1-2), y aunque las hijas no solían contradecir a sus padres, el consentimiento de la novia era necesario (Gn 24:58).
De aquí nos interesa destacar dos cosas: 1º. El móhar, que era la cantidad que el novio pagaba a la familia de la novia. No era una compra, sino una compensación por la pérdida que significaba la marcha de la hija (Gn 28:9). 2º. El mattan, las dádivas de amor. Hecho el trato, venían los regalos del joven para la novia. Estos momentos eran una oportunidad para mostrar el interés del joven en la novia y tratar de impresionarla (Gén 24:53).
Y aunque a partir de ahí legalmente se les consideraba marido y mujer, de hecho romper este compromiso exigía un divorcio, todavía no era la boda, no podían estar juntos, tenían que esperar. Este es el momento en que se encontraban José y María cuando ella quedó embarazada de Jesús y José pensó en dejarla (Mt 1:18-20). ¿Qué compromisos tenían los novios para el tiempo de espera?
El joven marchaba para preparar un lugar digno para ella, un hogar, generalmente una habitación en la casa de su padre. La joven hacía preparativos para su boda, sobre todo lo que tiene que ver con sus adornos, y tenía el compromiso de mantenerse pura para él.
2ª. La celebración de las bodas.
– El cortejo nupcial. Cuando por fin todo estaba preparado, en el día señalado, el novio y sus amigos salían en procesión festiva a la casa de la novia para recogerla, llevarla a su nuevo hogar y celebrar la boda. Ella, acompañada de sus amigas, esperaba gozosa ese momento. Esto solía suceder a última hora de la tarde (Sal 45:13-15). Este tipo de cortejos iban acompañados de música, cantos, danzas y otras expresiones de alegría. Ese es el contexto reflejado en la parábola de las diez vírgenes (Mt 25:1).
– La ceremonia, kiddushin y las festividades. En aquel tiempo no había una celebración religiosa como nosotros la conocemos. Era más sencillo pero igualmente solemne. Había una bendición por parte de los padres basada en las Escrituras y otras tradiciones, los parientes y amigos bendecían a la pareja y expresaban sus buenos deseos, se hacía un pacto de fidelidad y firmaba el contrato matrimonial (Prov. 2:17).
Era después de esto, y una vez que empezaban las celebraciones, que el novio se retiraba con la novia y se consumaba el matrimonio. Pero las bodas no acababan ahí. Los festejos en honor de los novios se prolongaban durante una semana. Los evangelios nos narran la ocasión en que Jesús y sus discípulos fueron invitados a unas bodas (Jn 2:1-2).
Similitudes con respecto a Cristo y la Iglesia
Dicho esto, es hermoso darse cuenta como de una u otra manera también los mismos pasos se han ido cumpliendo en la relación de Cristo con su Amada:
– Empezamos con el mohar, el precio que el novio pagaba por la novia. En este caso, ¿Cuál es y cómo se pagó? Fue su propia vida, fue pagado cuando Cristo redimió a su Iglesia en la cruz (Ef. 5:2; 25-27). “Se entregó a sí mismo por nosotros.” “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella.” Cada creyente queda unido a Cristo desde el momento en que puso su fe en Jesús.
– De la misma forma que después de formalizar el compromiso, el joven marchaba a preparar lugar para la novia, Jesús ha regresado a la casa del Padre a preparar lugar para su amada y ha prometido volver para tomarla (Jn 14:2-3).
– Es hermoso pensar en los beneficios de la cruz, en el Espíritu Santo y en sus dones como los regalos que el Padre nos ha dado en nombre del Hijo, lo cual evidencian la firmeza de su compromiso, nos ayudan a deleitarnos en el Amado durante la espera y prepararnos para su regreso (Jn. 14:16-17) (Ef. 4:7-8) (Ef. 1:13-14)
– Estamos por tanto en el tiempo de esponsales, esperando el regreso del esposo y la celebración de las bodas. Y entre tanto, ¿Cuál es la parte que nos corresponde? Guardarse pura y hermosa para el Amado (2ª Co 11:2) (Ef. 5:27) (1ª Jn 3:3).
– El regreso del Esposo para recoger a Su Iglesia y llevarla a la casa del Padre está prometido en (Jn 14:3) y descrito en (1ª Ts 4:16-18).
– Y por último, después del arrebatamiento, lo que sigue esta descrito en Apocalipsis como “las bodas del Cordero” (Ap. 19:6-9). El tan anhelado encuentro y un tiempo de gozo que se extenderá por la eternidad. El hecho de que la esposa esté vestida “de lino fino, limpio y resplandeciente” puede indicar que el Tribunal de Cristo ya ha sucedido. (2ª Cor. 5:10) (1ª Cor. 3:12-15). Cuando todos los juicios que implican la gran tribulación sobre la tierra hayan llegado a su fin, darán comienzo los festejos en el cielo, los cuales continuaran en la tierra cuando Cristo venga a instaurar su reino, y se extenderán por toda la eternidad. Hay comentaristas que sitúan aquí, en el regreso de Cristo para reinar, la parábola de las diez vírgenes (Mt 25:1-13)22.
Esta porción termina con una solemne declaración: “Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero.”
Sin entrar en detalles y cuestiones que debaten los expositores, creo que estas palabras nos permiten distinguir al menos entre tres grupos de personas que estarán presentes aquel día:
Por un lado la esposa, la Iglesia, por otro los invitados, aquellos creyentes verdaderos que no forman parte de la misma, estos forman parte de los bienaventurados, felices, dichosos en gran manera. Además, por toda la eternidad. Y por último están los no invitados, los que no entrarán en las fiestas, pero no por falta de voluntad del padre del novio, del novio, sino porque en su momento rechazaron la invitación (Mt 22:4-6) (Lc 14:17-18).
La pregunta podría ser ¿Entre quienes te cuentas tú? ¿Entre los bienaventurados o los que quedarán fuera en aquel día?
Y qué mejor manera de concluir esta exposición que las palabras finales de Apocalipsis:
“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.” (Ap. 22:17).
“El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús.” (Ap. 22:20).
NOTAS.
- La Iglesia de Dios y su Misión, una antología eclesiológica. Ernesto Trenchard. Editorial Clie. Pág. 67.
- Textos para indagar las costumbres judías al respecto: “Las parábolas de Jesús”, Joachim Jeremías. Pág. 205. Editorial Verbo Divino. Usos y costumbres de los judíos en tiempos de Jesús, pág161 y ss. Alfred Edersheim. Editorial Clie. Nuevo manual de usos y costumbres de los tiempos bíblicos. Ralph Gower. Pág. 63-69. Editorial Portavoz. También: http://recursosbiblio.url.edu.gt/publicjlg/curso/10/boda_judia.pdf
- W. Macdonald. Comentario al Nuevo Testamento. Pág. 135,136. Editorial Clie. 1995. José Miguel Palomares. El mensaje de las parábolas de Jesús. Pág. 250, 251. 1994. Editorial Clie. Ver Francisco Lacueva, en su exposición al Comentario Bíblico de Matthew Henry. Pág. 1184. Editorial Clie. 1999.