TRES TIEMPOS EN EL SUFRIMIENTO DE JESÚS
(Salmo 69:19,20)
Estamos en la llamada Semana Santa. Un periodo de tiempo donde la cristiandad recuerda la última semana de Jesús en Jerusalén, desde la llamada “entrada triunfal” hasta la resurrección. Por lo general se hace un énfasis especial en lo que se conoce como la Pasión o sufrimientos físicos de Jesús, las últimas doce horas de vida. Desde Getsemaní hasta su muerte en la cruz. A veces con un dramatismo que en ocasiones resulta sobrecogedor. La famosa película de 2004, la pasión de Cristo, se inicia con la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní.
Pero el tema que nos ocupa no es cuestionar la semana santa o sus costumbres sino un punto muy concreto de lo que ocurrió originalmente con Jesús. ¿En qué momento sufre Jesús por los pecados del mundo? ¿Cuándo sucede el sacrificio expiatorio de Jesús?
El profesor Trenchard dice que, para evitar caer en errores sobre la persona y la Obra de Cristo, es necesario distinguir entre los sufrimientos de Jesús antes de Getsemaní, los sufrimientos en el huerto de Getsemaní, y los sufrimientos plenamente vicarios de la cruz. 11
– Los padecimientos antes de Getsemaní: La vida y ministerio de Jesús.
A veces idealizamos la vida y el tiempo del ministerio de Jesús antes de su muerte como algo muy bueno y feliz. He indudablemente hubieron muchos momentos así (Jn 15:11; 17:13) (Lc 10:21). Pero nos equivocamos si pensamos que no fue un tiempo marcado también por el sufrimiento. ¿Qué dice Isaías 53:3? “Varón de dolores, experimentado en quebrantos.” Lo cual nos invita a pensar no solo en Su muerte, sino también en Su vida.
Quizás podríamos hablar de tres clases de sufrimientos durante Su vida, antes de Getsemaní: 1. Debido a Su humanidad. 2. Morales. 3. La soledad del Maestro:
1. Sufrimientos debido a Su humanidad.
Cuando el Verbo se hizo hombre, adquirió un cuerpo físico como el nuestro. Es decir, sujeto a debilidad. Por eso Jesús se cansaba, tenía frío y calor, hambre y sed, sangraba si se hacía alguna herida, y así sucesivamente. Lo que era puro, sin pecado, era su naturaleza humana. Tenía un alma pura (1ª Pd 2:22). En este sentido son interesante expresiones como: “Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer y bajo la ley,…” (Gál 4:4), “Y Cristo, en los días de su carne,…” (Heb 5:7).
Ahora bien, y esto es lo que queremos destacar, siendo Dios encarnado, Él rehusó voluntariamente el uso de sus atributos divinos mientras estuvo en la tierra. Es decir, Él no hizo “travesuras divinas” cuando era niño, haciendo pájaros de barro a los cuales después les daba vida, ni cosas semejantes. Él creció y se desarrolló como un niño más (Lc 2:40,52). Tampoco hacía trampas en su vida diaria, haciendo “pequeños milagros” para ahorrar trabajo, tener ciertas ventajas, o librarse de las consecuencias de su humanidad. Nunca usó su poder en beneficio propio sino que vivió enteramente como uno de nosotros pasando también esfuerzos y fatigas.
Y cuando finalmente comenzó su ministerio público, siempre utilizó Su poder para realizar la Obra que Dios le encomendó, nunca en beneficio propio: “Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir.” (Mr 10:45).
2. Sufrimientos morales.
Alguien preguntaba, Si el justo Job afligía su alma al ver y oír las cosas impías que sucedían en Sodoma, ¿Podemos pensar que el caso del Hijo de Dios sería distinto? ¿Vivir en medio de una sociedad agónica, de hombres y mujeres sujetos al pecado, a Satanás, al dolor de la muerte y permanecer indiferente? (Jn 11:33-35). Y después está el hecho de que estas mismas personas por las que se dolía, en su mayoría rechazaban las manos que se extendían para ayudarlas. De hecho, Jesús se dolió profundamente y lloró por estas cosas (Mr 3:5; 8:12).
3. La soledad de Jesús.
Lo primero es no olvidar que la vida de obediencia a Dios, de una u otra forma supone incomprensión y oposición. A veces desde donde menos lo esperas. Y eso fue una experiencia real en Jesús. Él vino como el Siervo del Señor, no a hacer Su Voluntad sino la del Padre.
Por otro lado nos preguntamos ¿Soledad? Jesús estaba rodeado de multitudes, tenía un grupo perseverante de discípulos, y un grupo mas cercano conocido como los Doce. ¿Y qué de su familia? Si bien esto es cierto, también lo es que que “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”(Jn 1:11), que no encontró el apoyo de su familia en la carne “porque ni aún sus hermanos creían en Él” (Jn 7:5) (Mr 3:21), y que los discípulos no comprenden ni una pequeñísima parte de la misión y el dolor del Maestro (Mt 16:9) (Jn 14:9). Incluso sufre una deserción masiva “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con Él”(Jn 6:66). Es más, es Él, quien hasta el último momento tiene que “tirar de ellos”.
Pero, y esto es importante, ni sus sufrimientos y limitaciones como hombre, ni el sufrimiento moral, la soledad y otros que hayamos obviado, son sufrimientos en favor de la Salvación. No es ahí cuando Jesús lleva sobre sí el pecado, en sentido penal, y soporta la ira de Dios. Dicho esto, surge la pregunta. ¿Qué propósito, qué valor tienen?
Dos cosas se suelen señalar aquí:
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Aprendió la obediencia (Heb 5:8). Una frase extremadamente rica en significado, pero que nos enseña que Jesús mismo experimentó en su vida, como hombre, el dolor que significa la obediencia a Dios en medio de un mundo caído. Y esto, hasta las últimas consecuencias. Importante, porque le capacita para ser en forma muy especial nuestro ayudador (Heb 4:15,16).
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Por otro lado, estos sufrimientos en vida sirven para poner de manifiesto Su carácter inmaculado,que verdaderamente era sin pecado. Que calificaba como el Cordero de Dios, sin defecto, que podía ser ofrecido en sacrificio por nuestros pecados. “En todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb 4:15) (1ª Pd 1:19).
– Los sufrimientos en el huerto de Getsemaní:
No cabe duda que el sufrimiento de Jesús en el huerto fue intenso, tan intenso al punto de sudar sangre, al punto de que hubo una intervención angelical para fortalecerle (Lc 22:43,44). Pero de nuevo hay que insistir que estos sufrimientos, aunque se consideran parte de la Pasión de Jesús, que son la antesala de los sufrimientos que finalmente desembocan en la cruz, no son los sufrimientos por nuestros pecados. No tienen valor expiatorio.
Como hemos observado anteriormente, en Getsemaní, nuestro Señor, de forma plenamente consciente, y sujetando a la voluntad del Padre todo el aborrecimiento que le producía verse hecho pecado por nosotros, recibe de Sus manos la copa del juicio de la ira de Dios. Pero el momento en que será apurada hasta el extremo es en la cruz, en el Calvario y no en Getsemaní.
El profesor Chafer, citando a Mackintosh en sus notas al Levítico, hace las siguientes distinciones entre Getsemaní y el Calvario:
“¿Qué diferencia hay entre el Cristo de Getsemaní y el Cristo del Calvario,…? …
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En Getsemaní, prevía la Cruz, pero en el Calvario la estaba sufriendo actualmente.
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En Getsemaní, se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle; en el Calvario, fue desamparado por todos, sin la presencia de angélicos consuelos.
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En Getsemaní, se dirige a Dios como “Padre”, mostrando así que gozaba de la plena comunión que tan inefable relación implica; pero en el Calvario, grita Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?”12
– Los sufrimientos vicarios de la cruz.
Los sufrimientos en vida son importantes. Por dos motivos, cualifican a nuestro Señor para ser nuestro perfecto ayudador, pues ha vivido de forma personal nuestros dolores y experiencias. Y también, y esto es muy importante, mediante ellos se hace evidente que era verdaderamente sin pecado, Aquel en el que Dios se complacía, que cumplía con el requisito de ser un cordero sin defecto, apto para ser ofrecido por nuestros pecados.
Los sufrimientos en Getsemaní son importantes. Hablan de un sufrimiento interior intenso imposible de entender por el hombre. Es el momento donde de forma voluntaria, Jesús recibe del Padre la copa del juicio que debe apurar.
Pero aún así, y con ser tan importantes, estos sufrimientos palidecen y quedan en nada al traer a la mente los sufrimientos de Jesús en la Cruz. Es ahí, cuando el Señor apura la copa amarga hasta el final. Este es el momento en que el sacrificio por nuestros pecados se hace realidad en la historia y en el tiempo.
El profeta Isaias lo anticipa con las siguientes palabras: “más Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros.” (Is 53:6). Pablo lo explica de esta manera: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado,…” (2ª Cor 5:21) y en la cruz, Jesús mismo exclamó: “Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?” (Mr 15:34). “Consumado es” (Jn 19:30).
Pero todavía, es necesario hacer una distinción más con respecto a los sufrimientos de Jesús en la cruz. Distinguir entre los dolores de la crucifixión, el mayor de los crímenes, y los dolores de la cruz, como una referencia a la Obra de Salvación.
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Los dolores de la crucifixión, tendrían que ver con todo el proceso que culmina con Su muerte en la cruz. Las bofetadas, los golpes, los latigazos, la corona de espinas, la vía dolorosa, los clavos, las burlas, los espasmos del crucificado.
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Los dolores de la cruz, harían referencia, más allá de la barbarie e injusticia, a lo que Dios ve, y al valor que su muerte tiene como sacrificio por el pecado. Dios cargando sobre Él el pecado de todos nosotros, desatando la ira del justo juicio de Dios sobre Él, y al Señor mismo clamando “Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado”.
La cristiandad, y esto es especialmente evidente en la llamada semana santa, se ha quedado con los dolores de la crucifixión, y se quebrantan al contemplar la injusticia cometida y la crueldad de esta muerte. Pero los creyentes no miramos la cruz de la misma manera, cuando miramos vemos la Obra de la reconciliación, Dios obrando a favor de una humanidad perdida, y en contraste con los primeros, podemos experimentar paz, e incluso gozarnos y alabar a Dios por sus consecuencias en nuestras vidas.